
Desde hace ya algún tiempo, la actualidad se ha convertido en un batiburrillo de desinformación donde las noticias se lanzan sin comprobar su veracidad y los bulos corren como la pólvora por Internet. La impunidad de unos cuantos poderosos ha llegado a instalarse en el subconsciente de la ciudadanía como unos actos a los cuales debemos legitimar como si fueran una normalidad. Esto nos lleva, al menos a un servidor, a ser cada vez más escépticos y descreídos. Los privilegios de unas cuantas personalidades portadoras de títulos nobiliarios o cargos importantes de un país siguen vigentes, aunque los aludidos se empeñen en hacernos creer que todos somos iguales en esta sociedad.
Alguna vez, quien más o quien menos, ha entrado o ha escuchado una conversación sobre cualquier ámbito de la vida donde se ha gestado algún tipo de tropelía por un ciudadano, un político, un monarca, un cura…, qué sé yo. Y alguno de los contertulios nos ha dedicado la siguiente afirmación: «Eso en los países nórdicos no pasa». Después nos ha obsequiado con una revelación de datos significativos, estudiados al dedillo, que revelan las virtudes de toda una nación. Sin embargo, en estos días se nos descabalga esa afirmación tan oportuna y que nos viene al pelo para defenestrar nuestro ecosistema.
No corren buenos tiempos para la corona noruega. Sobre todo, para la princesa Mette-Marit. A la inapropiada relación con el pederasta Jeffrey Epstein, la comentada aparición en los famosos papeles del acosador y el intercambio de mensajes con este cuando ya había sido condenado, ha tenido que ver cómo su hijo mayor ingresaba en la cárcel condenado a cuatro años por violación. Además, padece fibrosis pulmonar, en las últimas apariciones en público se la ve desmejorada y obligada a llevar una bombona de oxígeno; una enfermedad que solo se cura mediante un trasplante de dicho órgano.
‘Eso en los países nórdicos no pasa’…Sin embargo, en estos días se nos descabalga esa afirmación tan oportuna
Todos estos contratiempos en forma de escándalos echan aún más leña al fuego al debate sobre su idoneidad como consorte del heredero al trono del país. Para desviar la atención, se comunica, de manera muy oportuna, que la princesa Mette-Marit entra en la lista de espera para recibir un pulmón. En Noruega, la espera para un trasplante pulmonar oscila entre cinco meses y un año, aunque algunos pacientes son intervenidos antes si aparece un donante plenamente compatible. Cuando ella se incorporó a la lista, había ocho personas esperando. Y qué casualidad, o qué suerte la suya: en menos de un mes ha conseguido encontrar un donante compatible, ser operada con éxito y ya se recupera en sus aposentos reales. Pronto salieron voces a explicar que la inmediatez ha sido de lo más normal; al menos eso apuntan el neumólogo noruego Olav Kare Refvem y Aleksander Swkowski, jefe de información de la Fundación para la Donación de Órganos de dicho país. ¿Declaraciones orquestadas? Nunca se sabrá, ¿no les parece?
En estos ámbitos de poder, las casualidades son como esas personas con conductas irregulares que las encumbran a la condición de sospechosas. La sociedad, en este caso la Noruega, acata estas maniobras porque demostrar un pucherazo de estas magnitudes, siempre presuntamente, es prácticamente imposible a la vez que inimputable. En estos días, me he puesto a pensar en los predecesores de esa lista, me he puesto en su lugar y me ha dado tristeza cavilar lo que seguramente uno de estos ocho individuos ha cavilado: hay unas vidas con menos valor que otras. Es triste, pero siempre ha sido así.
Para rematar esta reflexión, ahora es sabido que la princesa ha recibido la visita de su hijo en unas cuatro ocasiones en el hospital. Creo que si yo estuviera preso y a mi madre le trasplantasen un riñón, un hígado o un pulmón, las únicas novedades de su estado de salud las recibiría a través de una llamada de teléfono allí en el penal.









