viernes, octubre 16, 2026
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Inicio OPINIÓN Bifurcaciones inocuas «La incredulidad de un trasnochado con la casita de Bad Bunny»

«La incredulidad de un trasnochado con la casita de Bad Bunny»

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la casita de Bad Bunny Foto @badbunnyprEste mes estaba marcado por la visita del papa León XIV a nuestro país y yo debería haber escrito unas pinceladas sobre su llegada; sin embargo, este acontecimiento ha venido a solaparse con otro: los diez conciertos de Bad Bunny en la capital. Espero clemencia del Santo Padre por anteponer al Conejo Malo.

Un día llegó mi hijo a casa canturreando una canción, «debí tirar más fotos…» o algo así; al otro entonó la siguiente: «por la mañana, café y por la tarde, ron». Le pregunté cuál era el grupo o cantante y me miró como si fuera un habitante de otro planeta. Yo le tenía guardado un puñado de canciones con las que crecí para que, según fuese cumpliendo años, las escuchara, para así poder reclutar a un nuevo miembro en nuestra grandísima comunidad llamada rock. He de confesaros mi pequeña decepción. Desde ese día he intentado escuchar a Bad Bunny. Abrí mi Spotify y me puse con buena predisposición a intentar comprender a una generación. El resultado fue desastroso: no he llegado a entender nada y, lo que es peor, los temas me producen una indiferencia tan notable que acabé por confirmar mi absoluta desubicación en cuanto a nuevas tendencias musicales o, si me apuro, generacionales se refiere.

Resulta que en una parte de sus conciertos aparece un edificio llamado «la casita», a semejanza de las casas puertorriqueñas, donde el cantante trata de rememorar los orígenes humildes de sus inicios cuando todavía no había generado ni medio dólar con la música. Hay tortas por estar dentro de ella mientras él interpreta sus canciones. Toda la gente VIP e influencers del país hacen lo imposible por aparecer unos segundos en el videomarcador del estadio. ¿Por qué pongo este rango de población?, se estarán preguntando. Pues, por lo visto, un miembro de su equipo hace una selección de las personalidades que van a entrar en esa especie de mansión y, he aquí la sorpresa y la indignación por parte de un sector de la ciudadanía, debes ser un personaje famoso o una mujer agraciada en belleza y generosa en escote y curvas para poder acceder.

Me puse con buena predisposición a intentar comprender a una generación. El resultado fue desastroso: no he llegado a entender nada

Como comprenderán, a estas alturas de la vida, estos cogotazos elitistas desdibujan la realidad. La mayoría de las veces, no siempre, el ascenso al trono de la fama de una persona en cualquier disciplina difumina esos inicios modestos, los esconde para no enseñarlos y en actos como este aparecen estas excentricidades. No dudo de que Benito no pretendía realizar este tipo de afrenta a una parte de la sociedad; me consta, por lo que he podido leer, que ha empezado a enmendar el error, eso sí, de una manera somera. Pero no es de recibo que nos rasguemos las vestiduras ante los micromachismos de la vida cotidiana y demos cierta normalidad a estas conductas más que reprobables. Quizá soy solo un pequeño observador anonadado por encontrarse fuera de onda y todas estas cosas me chirrían como al ignorante alguna materia de la vida.

Al terminar de escribir estas líneas, quedé con mi mejor amigo para ir a ver un concierto. El grupo era Clutch. Fuimos hasta La Riviera ataviados con camisetas negras de nuestros grupos favoritos. La entrada nos costó la «friolera» de 38 euros. Los de Maryland dieron un espectáculo increíble. Tocaron el bajo, la guitarra, la batería y Neil Fallon, el cantante, no hizo uso del autotune. Tampoco hubo cambio de vestuario. Y el público, entre el que me encontraba, fue ocupando su lugar lo más cerca que se podía del escenario; no había zona VIP ni entradas con una ubicación concreta. Cuando me despedí de mi compadre y me tumbé en la cama, llegué a pensar lo siguiente: a veces, no enterarse de nada es el mejor de los entendimientos.

 

 

 

 

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