«Trump y el auge de la extrema derecha en países de tradición democrática»

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«En homenaje a Zygmunt Bauman y Tzvetan Tódorov».

Desde la última Gran Recesión que comenzó a fines de 2007 en EEUU y repercutió en el resto de economías nacionales hemos visto cómo ha aumentado el apoyo popular a partidos de extrema derecha en países de tradición democrática, hasta culminar en la reciente elección de Donald Trump, ejemplo paradigmático de lo más agresivo e irreverente en lo que respecta a gobernantes de ultraderecha “occidentales”, y, para más inri, representante del país con más influencia en el mundo.

Lo primero que sorprende es ver cómo este tipo de líderes puedan presentarse legítimamente en países con constituciones democráticas, pero ya vemos que hay maneras de engañar al sistema o puentearlo, quizá porque ninguna democracia es perfecta o “real”. Pero ello no va a ser el motivo de mi rápido análisis.

Esta gran crisis económica que se originó como consecuencia de los graves delitos cometidos por los bancos estadounidenses, arrastró al mundo a una crisis financiera que endeudó especialmente a países desarrollados y de Europa. La crisis, fruto de los peores errores del neoliberalismo económico, afectó de forma decisiva a países de la Eurozona como Grecia, Portugal, Irlanda y España, pues sus gobiernos debieron dedicar gran parte de su dinero público a salvar a la banca al tiempo que eran impelidos por la Unión Europea a realizar políticas de recortes que han mermado derechos fundamentales de su estado del bienestar.

Esta gran crisis económica que se originó como consecuencia de los graves delitos cometidos por los bancos estadounidenses

Lo cierto es que el auge de la extrema derecha en los países de Europa y EEUU no siempre ha ido pareja a la influencia de la crisis en la calidad de vida de sus ciudadanos, pero la crisis se ha convertido en la excusa perfecta en la que se amparan los líderes políticos xenófobos, nacionalistas e incluso machistas (como Trump) para sembrar un discurso del miedo y el odio que cala en los sectores sociales, populares o de clase media, más amedrantados que les votan. Y en este meollo es donde me quiero detener.

Si la interpretación materialista fuera la única que explicara la deriva política del voto popular en los países capitalistas no se entendería que la extrema derecha no tenga más relevancia en países muy afectados por la crisis (nivel de vida, paro…) como España, Portugal e Irlanda o no hubiera ido a más en Grecia, donde “Amanecer Dorado”, por mucho que se mantenga como tercera fuerza política y siga movilizando a la población (ahora contra Turquía por la entrada de inmigrantes y refugiados), se ha estancado por debajo del 10% en las urnas. Tampoco se entendería que el éxito de la ultraderecha haya rozado el 30% en las últimas elecciones en Suiza, y en torno al 21% Dinamarca y Austria, países con economía saneada y escaso paro.

Si algo debemos tener aprendido es que el miedo es libre y las personas somos subjetivas ante él y más o menos influenciables por terceros, especialmente por la superestructura que diría Gramsci. Desde que el mundo es mundo hay personas ávidas de poder que no tienen remordimientos en manipular a las masas, y buscan en el liderazgo público la sublimación de sus bajas pasiones y frustraciones. Son los que saben alentar los miedos más irracionales contra el otro, los que hacen que ese otro sea el chivo expiatorio de todo lo que va mal. Por ello vemos como en estos momentos de crisis florecen los líderes populistas de extrema derecha que venden al pueblo la receta barata de que expulsando al otro, todo irá mejor. Y que no tienen reparo incluso en utilizar el legítimo miedo al terrorismo para justificar su política antidemocrática.

Para comprender esta deriva tan peligrosa nos viene bien recordar a Bauman y
Todorov, dos grandes figuras que acabamos de perder. Como decía Bauman, vivimos tiempos precarios, inciertos, que producen una suerte de “modernidad líquida” que propicia el “miedo líquido”, que es aquél en el que se aúnan el sentimiento de “incertidumbre, inseguridad y vulnerabilidad… asociado a la desaparición de puntos fijos en los que situar la confianza”. De tal manera quedesaparece la confianza en uno mismo, en los otros y en la comunidad».

no tienen reparo incluso en utilizar el legítimo miedo al terrorismo para justificar su política antidemocrática

Creo que de ello se aprovechan las élites económicas globales, que no tienen reparo en atizar los miedos locales para seguir extendiendo su utopía neoliberal. Mientras aumenta el sentimiento de vulnerabilidad, popular la ideología neoliberal mantiene nuestras mentes ocupadas en culpabilizar de la crisis a otros chivos expiatorios y focalizar en esos “otros” nuestra ansiedad.

Y ante ello asistimos a la quiebra del sentimiento democrático más básico, el de los derechos humanos, porque la ideología neoliberal es una ideología del “sálvese quien pueda”, es una ideología individualista que pretende justificar que aquel que “tiene” es mejor y más fiable que el que “no tiene”. Y que propicia la competencia más brutal entre los más desfavorecidos, que prefieren pensar que hay otros por debajo de ellos, más indignos y con menos derechos a “tener una parte del pastel”, de ahí que en momentos de crisis una parte importante de los sectores más empobrecidos de una sociedad sigan a líderes que les dicen que expulsando o rechazando a los otros tendrán acceso a una vida mejor y más segura (con menos terrorismo yihadista).

Pero si además la crisis afecta a las “clases medias”, una parte importante de ellas se dejará igualmente subyugar por este discurso tan simplista como errado, como está ocurriendo en los países citados. Ya lo advertía Todorov: En el interior de cada país, la ideología ultraliberal no deja un lugar preeminente a la acción política… el neoliberalismo sitúa la soberanía de las fuerzas económicas, encarnadas en intereses particulares, por encima de la soberanía política.

Ante la peligrosa deriva que supone tener como “líder del mundo” a una persona como Trump, que además pretende desmantelar la legislación americana que regula a los bancos para impedir una crisis financiera como la que desencadenó Lehman Brothers, no podemos quedarnos con los brazos cruzados, pues como ha dicho Meryl Street en su reciente discurso “… la falta de respeto invita a la falta de respeto, la violencia invita a la violencia, cuando la gente poderosa usa su posición para intimidar a los demás todos perdemos”. De ello son conscientes los movimientos ciudadanos que se manifiestan en su país diariamente, o plataformas de carácter mundial como Avaaz, los responsables del Museo Gugenheim de New York y otros muchos líderes intelectuales, artísticos o de la moda americanos y foráneos.

la ideología neoliberal es una ideología del “sálvese quien pueda”

M. Street también recordaba que para asegurar la democracia el periodismo es un baluarte indispensable: “necesitamos que la prensa defienda y saque a la luz todas las historias que hagan que los poderosos respondan de sus actos, todos tenemos que apoyar a nuestros periodistas porque los vamos a necesitar”.

Espero que con esta columna yo también haya contribuido a levantar mi voz contra los “manipuladores de masas, victimistas (que a veces son victimarios), populistas, o milenaristas de distinto pelaje que lo ven todo negro y no quieren un universo de esperanza, en el que miles de hombres y mujeres cooperando les trastoque el  milenarismo que llevan dentro…” (Guío Cerezo. ‘Ideologías Excluyentes’, 2012:11).

Concluyo con un texto de Martin Niemöeller: «Cuando los nazis vinieron a por los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista. Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata. Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista. Cuando vinieron a buscar a los judíos, no protesté, porque yo no era judío. Cuando vinieron a buscarme, no había nadie más que pudiera protestar».

Yolanda Guío @Guiocerezo 

(Educadora y antropóloga)

Foto: Gage Skidmore

 

 

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