«Por favor, no disparen a septiembre»

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tombola del cristo del milagro en villaviciosa de odon año 2018

Siempre se vuelve de las vacaciones con la sensación de hacerse más cortas cada año. El periodo de descanso tan merecido llega a su final. Agosto se apaga dejando un reguero de recuerdos para la posteridad almacenados en un rincón de nuestra memoria con el fin de volver a sacarlos cuando nos apabulle la nostalgia en esos días de frío invierno. Los problemas del mundo, pausados como si fuese una película de la televisión y no tuvieses más remedio que ir al servicio, vuelven a activarse con el botón del regreso.

La vuelta a la normalidad de los horarios impuestos, a comenzar las clases de un nuevo curso desafiante, a volver a subirte a esa rutina que te convierte en autómata, restringir esos excesos diarios y regresar a la austera alimentación porque casi no te abrocha el pantalón, ocuparte de esos problemas que dejaste aparcados antes de irte, las prisas, los agobios, el estrés… son agravantes que provocan la sensación de ver al mes de septiembre como a ese forajido de mirada amarga, con parche en el ojo y pistolas en las cartucheras, temido por su afamada violencia que aparece en las películas del oeste. Pero este mes trae entre sus manos unos días que le borran ese etiquetado tan catastrofista: las fiestas patronales. Ellas tienen el poder de volver a convertirte en ese joven que en su día las esperaba con ansia y las vivía con una intensidad desmedida.

Sensación de ver al mes de septiembre como a ese forajido de mirada amarga, con parche en el ojo y pistolas en las cartucheras

Te llegan los recuerdos de todos los preparativos antes del comienzo: las indagaciones pertinentes para saber qué grupos venían a tocar, cuáles serían los toreros, qué día eran las procesiones; el continuo cosquilleo de los nervios según se acercaba el día; las súplicas y los ruegos a nuestros progenitores por arañar unas cuantas horas más de diversión. Y después: el pregón en la plaza del ayuntamiento, los fuegos artificiales, las largas noches sin dormir, los encierros y el aperitivo, los pasacalles con la orquesta, la solemnidad de las procesiones, la ilusión y alegría en todos los rostros de la urbe…Y entre todos estos recuerdos agradables, también piensas en esos seres queridos que ya no te acompañan: los abuelos, el padre, la madre, los tíos, los primos… y siempre te llega un recuerdo estando tú con ellos en esas fechas tan señaladas que libas con un nudo en la garganta.

Las fiestas patronales tienen el poder de volver a convertirte en ese joven que en su día las esperaba con ansia y las vivía con una intensidad desmedida

Las fiestas patronales convierten a las localidades en esos pueblos de antaño donde algunas calles todavía eran de tierra, todas las gentes se conocían, las puertas siempre estaban abiertas, nuestros mayores charlaban sentados en sillas de madera y mimbre en las aceras de sus casas, los niños invadían las calzadas para jugar a cualquier cosa, las compras se llevaban a cabo en los mercados o en los ultramarinos, las huertas colindantes abastecían a la población…

El mundo evoluciona a una velocidad vertiginosa y a veces necesitamos esa ráfaga de nostalgia para serenar a tanto desenfreno. Por eso les digo que intenten mirar a septiembre con otros ojos y no le hagan pagar el pato de ser la puerta de entrada a la rigidez de un invierno implacable, que con el simple hecho expuesto le valdría para liberarse de tan mala reputación.

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