
Llegó abril, el cuerpo y eso que llaman alma me piden poesía. No hace falta dar más explicaciones de lo que va a ser esta columna. Un recorrido rápido y un tanto aleatorio por algunos poemas escritos en castellano por mujeres, para regocijarnos en creaciones poéticas que suelen ser poco conocidas y aún menos reconocidas, las de las mujeres.

Una columna que al mismo tiempo sirve de invitación al acto poético que organizaremos Rodolfo Oliveros (mi querido profesor de Yoga) y una servidora a finales de mayo, con la participación rapsoda de personas amigas, bajo el auspicio de la Asociación La Moravilla en Villaviciosa de Odón (tendrá lugar seguramente el 26 de mayo a las 19.00 horas, a ser posible en el Coliseo de la Cultura, o, si no fuera así, en la sede de la asociación).
Comenzaré por un poema de Safo de Lesbos (siglo VII A.C.), el más conocido, donde narra sus apenadas emociones al contemplar a la mujer que ama compartiendo feliz conversación con el hombre que la escucha:
Me parece igual a los dioses
el hombre aquel que frente a ti se sienta
y a tu lado absorto escucha mientras
dulcemente hablas
y encantadora sonríes. Lo que a mí
el corazón en el pecho me arrebata;
apenas te miro y entonces no puedo decir ya palabra.
Al punto se me espesa la lengua
y de pronto un sutil fuego me corre
bajo la piel, por mis ojos nada veo,
los oídos me zumban,
me invade un frío sudor y toda entera
me estremezco, más que la hierba pálida
estoy, y apenas distante de la muerte me siento, infeliz.
El siguiente poema pertenece a sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695), religiosa del virreinato de Nueva España, escritora en castellano y náhuatl.
En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?
En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?
Yo no estimo tesoros ni riquezas;
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi pensamiento
que no mi pensamiento en las riquezas.
Y no estimo hermosura que, vencida,
es despojo civil de las edades,
ni riqueza me agrada fementida,
teniendo por mejor, en mis verdades,
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.
Dando otro gran salto en el tiempo, toca ahora el turno a Ángela Figuera Aymerich (1902-1984) poeta de la posguerra, con su breve poema Tierra.
Tierra
Tendida, vientre a vientre, con la tierra
-humedecida y blanda;
abierta a la semilla, a los viriles
rayos del sol- pegué mi boca cálida
a sus mullidas sienes: «Yo también,
yo también paro, hermana»
«Tú y yo, cauce profundo de la vida.
Tierra las dos… «¡Hermana, hermana, hermana!
Podría seguir con Francisca Aguirre (1930-2019), y su poema “Testigo de excepción” dedicado al mar que tanto me sobrecoge, donde termina diciendo:
Un mar, creedme, necesito un mar,
un mar donde llorar a mares
y que nadie lo note.
Begoña Abad o Elvira Sastre destacan como poetisas de valor en el siglo XXI
Y (podría seguir) con otros poemas de autoras vivas, como el de Begoña Abad (1952) titulado “La medida de mi madre”, o el de “Somos mujeres” de la joven Elvira Sastre (1992), potente como pocos, pero, cumpliendo mi promesa de no extenderme, quiero ir finalizando con un poema de Elisabeth Porrero Vozmediano (1977), y concluir con uno propio. A Elisabeth la conocí el pasado 27 de enero en el acto poético y musical organizado por el Grupo Retablo en Madrid en el que participamos junto con el poeta José Marrero y Castro, y del que pueden ver algunos momentos en el siguiente enlace.
El poema de Elisabeth reza así:
¿Cómo serán las manos del silencio?
¿Cuál es la extraña fuerza
con la nos agarran la garganta
hasta casi asfixiarnos?
¿Qué furia hay en sus ojos
sí, al mirarnos nos brota,
aunque sea verano,
el invierno en la sangre?
¿De qué está hecha su piel
si el escozor que causa su caricia
nos penetra hasta el alma?
¿Cómo viste sus pies
para escribir sus huellas
con la caligrafía
que suele usar miedos?
¿En qué nuevos idiomas
habla para contarnos
que la dicha de ayer
será hoy solo un recuerdo?
Mi poema, del que pueden disfrutar en la voz de Mayte Domínguez y con la música del maestro al piano Pablo Bethencourt, es el siguiente:
De odios y manadas
He descubierto
que a algunos molestan mis virtudes
más que mis defectos,
que en sus corazones,
que se tienen por excelsos,
anida el instinto depredador de las fieras.
¡Qué digo de las fieras!
Ojalá esta furia desatada
fuera solo animal,
ojalá se calmara
como se sacia el hambre,
la sed, el sexo,
o el anhelo de poder en la manada.
Yo quisiera que mi existencia
no pusiera en quiebra
el ser de los que se tornan hienas
si respiro, si río, si bailo, si hablo…
¡Ay, si hablo!
Y peor que en “torquemadas” tornan
si me equivoco en algo.
Y he descubierto
que algunas almas amigas ven sin mirar,
oyen sin escuchar,
no piensan,
no dicen nada,
dejando que el río gregario
conduzca sus andanzas.
¡Qué duro llevar en soledad
la libertad a cuestas! (2010)
Y con ello doy por concluido este precipitado recorrido que espero les haya deleitado, al manos algo, advirtiendo que aunque amo la poesía desde muy joven, la leo poco y apenas la practico, por lo que la palabra poeta me viene grande, solo ocasionalmente escribo poemas, y, a veces, si tengo oportunidad, recito los propios y los ajenos. Con ello, con actos colectivos como el que haremos el 26 de mayo, y columnas como ésta espero estar brindando a la poesía mi humilde homenaje.
Yolanda Guío (@Guiocerezo)
(Educadora y antropóloga)
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Gracias por su interés Teresa. Al final de este mismo artículo puede suscribirse gratuitamente donde dice: «Deseo suscribirme para recibir noticias de forma semanal»
Saludos!
Bien por Yolanda, en su excelsa vida de educadora, antropóloga y, como no, mujer
Mis aplausos y gracias a estos presentes poemas