Esta es la historia de Lúa, una galga castellanoleonesa superviviente de varios lances que pusieron en peligro su vida y que aterrizó en la localidad madrileña de Villaviciosa de Odón, donde fue feliz.
Nací en Arévalo (Ávila), en una familia de vendedores ambulantes con mucha tradición en la crianza de galgos a los que utilizan para cazar; las condiciones en las que estábamos no eran las mejores. Siendo una cachorrita la curiosidad era mi bandera y jugaba en esas primeras semanas junto a muchos niños de la familia que se divertían conmigo; el campo era mi vida, pero ese entorno me provocó ser hogar de garrapatas y pulgas que crecían y se alimentaban de mí, sin ningún reparo por parte de mis dueños.
Un caluroso día del mes de agosto de 2011, cuando apenas contaba con dos meses de vida, me despisté de mi familia en el mercadillo de los martes en Arévalo, mientras seguía el rastro de un olor que me volvía loca: el de los conejos. Sin embargo, me desorienté y acabé en mitad de una carretera sin saber qué hacer, ante unas cosas metálicas enormes que no eran esos seres orejudos y veloces; venían por todas partes, varios de ellos me rodearon, incluso alguno me golpeó levemente, aunque sin hacerme daño, pero seguían su camino, ninguno paró. De repente, un chico se bajó de uno, me cogió y me metió dentro; no sabía dónde me llevaba y me acurruqué en el suelo.
Instantes después salimos de lo que llaman coche y me dieron de beber; estaba seca y bebí un buen trago porque el calor de Castilla y los nervios de la carretera apretaban. Posteriormente, nos dirigimos a la Policía Local para ver si identificaban a mis dueños, algo que no sucedió. De esa manera, me llevaron a un veterinario y me envolvieron en un spray con el que los picores que tenía en el cuerpo desaparecieron poco a poco, y mis habitantes exteriores se cayeron de inmediato. ¡Qué alivio sentí!
Volvimos al coche y fuimos a una casa cercana en la que no había perros, pero en la que se estaba divinamente. Allí el chico me bañó (fue mi primer baño) y todos mis habitantes de la piel se fueron (no los interiores, que tardaron más). Me pusieron de comer unos piensos que sabían mucho mejor que la comida que me habían dado en Arévalo.
Tras varios intentos fallidos del joven por encontrarme una buena familia por la zona, unos días después nos subimos en el coche y salimos rumbo a la que sería mi casa y donde pasé el resto de mi corta vida: Villaviciosa de Odón. De tan pequeña que era, viajé en una caja de frutas con mantas, y me dormí como un angelito en cuanto me acosté en ella. Cuando desperté, una chica se prendó de mí, algo decisivo para que la casa del chico y la joven se convirtiera en mi hogar.
Hemanito perruno
En esa vivienda sí había perro (un carlino llamado Boliche), aunque era raro, no era como yo, o como los que había visto en Arévalo; hacía ruidos raros por la nariz, ventoseaba a menudo y roncaba como los mayores de mi familia arevalense. Este compañero era pequeño, chato, corpachón, y con un irresistible rabito de cerdito y unas patas que me recordaban a la de los conejos, y que tanto me gustaban. Yo quería jugar con él, y le mordía las patitas y el rabinchi, pero él no mostró mucho interés en mí.
Me cuidaban un montón; no dormía en una cuadra a la intemperie, tenía una habitación para mí sola y con varias mantas, todas para mí; me daban de comer varias veces al día y descubrí uno de mis mayores placeres: el pan. Me comía barras enteras de este manjar, lo que provocó que mis dientes salieran perfectos (de anuncio de dentista vamos), ideales para cazar conejos, aunque en ese hogar lo de la caza no lo practicaban.
Con la chica, el chico (mis dueños) y Boliche, salía de paseo con lo que llaman correa, algo totalmente nuevo para mí. Era complicado porque yo quería correr y saltar, e iba muy rápido, todo lo contrario que mi otro compañero, que olía y olía por todos lados y sus pasos eran lentos, eternos. Entiendo que mis dueños estuvieran algo desconcertados ante esa diferencia perruna y esos tirones que yo daba, cual potro salvaje.
Lo que peor llevé en esos primeros meses de vida fue el hacer mis necesidades en casa; mejor dicho, el no hacerlas. Me gané unas buenas reprimendas por echar pisporris y cacota en cualquier lugar de la vivienda. Lo segundo lo pude controlar más rápido, pero lo primero me costó un mundo. Poco a poco fui comprendiendo que era en la calle, en esos maravillosos paseos, donde tenía que hacerlos. ¡Cómo me gustaba salir a la calle! Miles de olores a mi alrededor, miles de amigos perrunos a los que oler y, por supuesto, los conejos, porque en Villaviciosa de Odón también hay muchos, aunque no pude cazar ninguno (cerca estuve de alcanzar a varios de ellos).
Cuando ya cumplí el año, crecí jovial, aunque eso no quita que tuviera mi carácter; tanto con mis dueños (cada vez menos), como con otros perros, a los que me gustaba ladrar desde la distancia con mi potente ladrido. Recuerdo el día que me esterilizaron. Fue una odisea; lo pasé mal. Tuvieron que sujetarme entre cuatro personas para pincharme y yo enseñaba mis dientes de lobo para asustarles, pero no conseguí frenarles (aunque estuve cerca).
Entre coches y autobuses
Como cada vez me portaba mejor y vivía feliz, me sacaban al campo y a veces me dejaban ir sin correa y a mí me encantaba. Los conejos eran mi obsesión y corría y corría para deleite de mis dueños y de todos los que me veían. En uno de esos momentos, vinieron dos perros grandes hacia mí y me asusté muchísimo, tanto que entré en pánico y eché a correr, pese a que mis dueños me llamaban. No hice caso y me fui obsesionada para que no me alcanzaran (nadie lo hizo nunca) hacia el pueblo, cruzando calles, viendo pasar coches y autobuses; tenía claro dónde ir. En la puerta del garaje de mis casa me resguardé y allí esperé a mis dueños, que llegaron exhaustos y con el miedo en la cara. Afortunadamente para todos, no me pasó nada. Reconozco que no fue la primera vez, y otro día me volvieron a entrar los terrores con otros canes y repetí la acción para disgusto de mi dueño al que casi le da un infarto.
A pesar de esos sustillos, disfruté con muchos amigos perrunos, como con la pastora suiza Telma, con quien podía estar horas y horas retozando por el campo, o con los perros de otros familiares de mis dueños, con los que estuve algunos días veraniegos.
Mi dueño, a quien le encantaba acariciarme las orejas, me llevaba a correr con él (para mí era trote cochinero), y ahí disfrutamos como locos a ritmo de carrera. Yo me embalaba y él me tenía que sujetar porque mi velocidad era de relámpago; una maravilla esa experiencia.
Así transcurrieron los días, y me portaba cada vez mejor, lo que me valió ganarme uno de los sofás del salón de mi casa. Bebía en la terraza del plácido sol villaodonense que tanto me relajaba, disfruté de los miles de momentos de caricias de mi dueña que tantísimo me quería. Incluso «mi hermanito», como solía decir ella, mostraba señales de cariño hacia mí.
Con ellos regresé a Arévalo otro verano, ya como una galga adulta, y desfilé en un placentero paseo en el que los arevalenses no dejaron de mirarme por mi bella estampa verdina y blanca y mi elegante pisada. Posteriormente, crecí entre juegos, bellos paisajes, carreras, caricias, mimos, ñoñerías para que me mimaran más, etc. Villaviciosa era mi casa, ese chico y esa chica, junto con aquel extraño perro, eran mi familia, que me dio casi cuatro años de vida maravillosos, irrepetibles, y por los que les estaré eternamente agradecida.
Desde hace un mes y medio vivo feliz entre las estrellas del cielo, pero me pude despedir de mis dueños, y ahora les acompaño a ellos y aquel «chatito», y les espero para volver a disfrutar de su compañía como lo hicimos en aquellos maravillosos años que me dieron de vida.
Que bonito y que tierno, casi se me saltan las lágrimas.
como se nota cuando se pone el corazón
A pesar de todo se consiguió que Lúa fuese feliz. Es una historia preciosa y llena de ternura, tanto por la forma de contarla como por el contenido. Los que tenemos «esa familia» podemos entender lo que sentís.
Gracias Elena.
En mi familia del pueblo siempre hubo galgos, amigos caninos a los que cuidaban mis tíos con cariño siempre. Hubo dos galgos especialmente queridos por mí. Maroto I, que murió de cáncer cuando yo era apenas un crío (lloré mucho su muerte) y Nina, que murió ya de viejita y con la que me encantaba salir a pasear por las eras.
Una bonita historia la de Lúa, al menos tuvo una vida digna y fue querida. Quiero dar las gracias a los que la cuidaron y dieron una buena vida.
Gracias por tus palabras Víctor. Un saludo.