
Nos encontramos en la segunda oleada de la pandemia por Covid-19 y las cosas en general pintan feas. En el artículo previo hablé de cómo la crisis del coronavirus ha favorecido la exacerbación de los recurrentes odios y desapegos entre españoles, en este caso me interesa poner el foco en otras miradas.
En primer lugar hablaré del “negacionismo”, que tiene dos vertientes, la de los que piensan que el virus Covid-19 no existe, o no es tan grave, y la de los que creen que este virus se ha creado en un laboratorio (niegan que sea natural). En ambos casos creen que el objetivo que hay detrás de una u otra cosa es perverso: manipular y/o controlar a los ciudadanos (reduciendo su libertad), cambiar el orden mundial, favorecer intereses de países, farmacéuticas, personas relevantes, etc. Se culpa a China, EEUU, Soros, Bill Gates (se dice que aprovechará las vacunas para inyectarnos microchips y controlarnos a través de la red de telefonía 5G), a las vacunas antigripales que dicen inocularon la Covid-19… En España hace tiempo que gana adeptos el movimiento de los “antivacunas” que participó en la convocatoria de una manifestación contra la obligación de ponerse mascarillas hace algo más de un mes.
El desconcierto y la ignorancia sobre el tema genera desconfianza, de la desconfianza se nutre el miedo, el miedo genera odio, el odio lleva al sufrimiento o a la violencia
Como se puede ver unos y otros se mueven en el ámbito de la conspiración y la paranoia. Son lo que algunos damos en llamar “conspiranoicos”, es decir, aquellos que fácilmente ven intenciones ocultas y malévolas detrás de muchas de las cosas que suceden. ¿Qué subyace a todo esto? Lo que revela este tipo de pensamiento es la poca capacidad para aceptar la incertidumbre, la necesidad de buscar chivos expiatorios que sean los culpables de lo que ocurre, la desconfianza atroz en el ser humano personalizada en los distintos agentes mencionados, el recelo generalizado que les despierta la ciencia y los científicos… Cierta desconfianza es necesaria, en el mundo hay y ha habido intereses ocultos o velados de ciertos grupos de poder (de distinto signo), pero llegar a estos extremos de acusaciones sin constatación poniendo en riesgo la salud pública es llegar muy lejos. No olvidemos, además, que este tipo de acusaciones las amplifican o crean ciertos grupos de poder, y ciertas personas descreídas de la veracidad o intencionalidad del sector científico (por circunstancias que no es momento analizar). Al final con sus acusaciones conspirativas, no solo ponen en riesgo la salud pública, a nivel de pandemia, si no la salud mental de parte de la población. El desconcierto y la ignorancia sobre el tema genera desconfianza, de la desconfianza se nutre el miedo, el miedo genera odio, el odio lleva al sufrimiento –como diría el personaje de Yoda-, o, a la violencia –como diría Averroes-.
Un poquito de prudencia, por tanto, no vendría nada mal antes de dar pábulo a estas interpretaciones que nos desvían del interés general, cuidarnos y cuidar, hasta que haya una vacuna que nos salve de este virus tan canalla (aunque fuera verdad que se hubiera creado en un laboratorio, cosa negada por los más reputados virólogos del mundo hasta ahora).
Hay otro tipo de pensamientos y emociones que nos acompañan en momentos de grandes crisis vitales personales o colectivas, y tienen que ver con la espiritualidad y el pensamiento mágico.
En nuestra sociedad cada vez hay más personas ocupadas en su crecimiento personal y espiritual, al margen de los consuelos que ofrecen las religiones, y que se enfrentan a la pandemia desde unos parámetros que no son los de la ciencia, o no solo. Me siento especialmente cercana a las que no están tan interesadas en el “por qué” como en el “para qué”. Aquellas que consideran que la pandemia es una ocasión para aprender, para reflexionar, para crecer espiritualmente de forma personal y colectiva. La pandemia no solo nos avisa del peligroso mundo globalizado que hemos creado, sino que nos ofrece la oportunidad de ser mejores y ofrecer lo mejor que tenemos a la colectividad humana. ¿Cómo? Conociéndonos más profundamente para sanar nuestro “ego” (normalmente enfermo de egocentrismo), llegar a la paz interior y sentirnos partes del todo que es la existencia (a la que algunos llaman el Ser, Inteligencia Superior, etc.). Para conseguirlo hemos de reconocer la parte oscura que tod@s tenemos, que nos lleva al sufrimiento, pues nos hace rumiar en bucle de forma victimista sobre nuestro pasado y temer el futuro. Es necesario trabajar la consciencia, es decir, la atención plena en el aquí y el ahora, y aceptar las circunstancias que nos va tocando vivir. No es una aceptación pasiva, es una aceptación de lo que sobrepasa nuestra capacidad de acción, o al menos yo así lo entiendo.
esta pandemia es una llamada a vivir el presente de forma consciente y proactiva, a integrar el aprendizaje emocional que nos otorga la muerte ajena prepararnos para la nuestra
El componente más espiritual de lo que planteo está en la consideración de que formamos parte de un todo prístino y místico que nos acoge y da paz si llegamos a integrarlo en nuestra consciencia y en nuestro “estar en el mundo”. Esta es la parte que personalmente se me hace más difícil (en ello estoy), pero que respeto profundamente, más aún si no se cae en la necesidad de darle nombre, ni cualidades definitivas, a ese Todo (=Uno). Los místicos siempre han sabido que esa experiencia o consciencia es inefable. Solo se llega a comunicar desde la metáfora.
Sin embargo, me siento lejana de las personas que aplican a todo un pensamiento mágico, donde nunca hay azar, ni casualidad, y todo lo que nos ocurre es una prueba, castigo, recompensa, o similar, del Universo, el Ser, la Inteligencia superior, el Karma, etc. De nuevo creo que detrás está el miedo a la incertidumbre vital que produce sentirnos seres abandonados, no cuidados o castigados por un ente superior y omnipotente. A mi entender, bien está el “para qué” si no hacemos saltos mortales dando por ciertas causalidades sagradas que no conocemos. Por poner un ejemplo, ¿no me digan que no podemos dejarlo en que lo más normal es que la bondad de unos genere sentimientos/acciones semejantes en muchos de los que la disfrutan, y por tanto tenga efecto rebote sobre los primeros, al menos parcialmente (y a la inversa, en el caso de la maldad)? ¿O que hacer las cosas con bondad genera en sí mismo paz interior? Dejémoslo aquí. Además puedo estar equivocada.
En todo caso, como colofón, creo que es buen momento de plantearnos la vida desde un lugar distinto, esta pandemia es una llamada a vivir el presente de forma consciente y proactiva, y una llamada a integrar el aprendizaje emocional que nos otorga la muerte ajena, máxime la de nuestros seres más queridos, y prepararnos para la nuestra (que no ha de ser por Covid, pero que será, cuando el momento nos llegue).
Yolanda Guío (@Guiocerezo)
(Educadora y antropóloga)
Que dios se apiade de tu alma