Tierra Santa, el viaje que ha cambiado la vida de una familia de Villaviciosa de Odón

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En puertas de la Navidad, festividad que, al margen de las creencias de cada uno, es de origen religioso y que celebra el nacimiento de Jesucristo, Alejandro Palmerín y su familia comparten sus vivencias de su peregrinación a Tierra Santa, que tuvo lugar con la parroquia de Santiago Apóstol de la localidad del 4 al 11 de diciembre.

«Desde que te planteas hacer este viaje, ya notas como el corazón se sobrecoge, tiembla, anhela, espera, y por otro lado, se siente pequeño ante lo que significa poder estar en ese lugar. ¿Lugar? ¿Qué lugar? No uno, si no todos los lugares donde Jesucristo, el hijo de Dios hecho hombre, fue engendrado, nació, creció, vivió, murió y resucitó por cada uno de nosotros.

Y llegó el día esperado, tras la misa de envío, dio comienzo la peregrinación. Ahí fuimos, autobús, avión, los controles del aeropuerto y por fin llegamos, de noche, y cogimos otro autobús para llegar a Nazaret.

¡»Dios mío Nazareth»!, allí donde María dijo «sí», allí donde Jesús fue engendrado por el Espíritu Santo, allí donde vivió con su padre el carpintero José. Un pueblecito pequeño, humilde, hoy más crecido, pero pobre; sí, aquí vivió.

Llegamos a Belén.»Betlehem«, lugar donde nació Jesús.  Y allí estábamos nosotros, sintiéndonos tan bendecidos, tan afortunados de poder venir hasta aquí a adorar el lugar donde Jesús nació. Allí la «estrella de Belén», que indica ese lugar tan sagrado. Y justo al lado, «el pesebre», lugar, que por pequeño y humilde, se nos presenta hermoso, porque tuvo el honor de acoger al hijo de Dios.

Renovamos el bautismo en el río Jordán, momento que nos hizo recordar el bautismo de nuestro señor Jesucristo.

Visitamos Cafarnaun, «pueblo de Jesús». Allí están las ruinas de la sinagoga que Jesús frecuentó y de la casa de la suegra de Pedro a quien Jesús curó. En el silencio de estas ruinas, nuestro corazón parece querer escuchar la voz de Jesús.

Llegamos al Mar de Galilea o lago de Tiberiades. Celebramos la misa en una barca y desde ella, al mirar el mar en calma y a la orilla a lo lejos, los ojos buscaban ver a Jesús y casi se oían sus palabras: «no temáis soy yo».

De allí, al monte de las tentaciones y al desierto, paraje espectacular y grandioso, donde uno se siente pequeño y miras al cielo para buscar esa «Presencia», y ahí está.

Visitamos el monte Tabor, lugar de la transfiguración y allí, el Señor nos regaló un atardecer con una luz tan enorme y resplandeciente, que llenó de agradecimiento nuestro corazón.

Tras ello el monte de las Bienaventuranzas, la Iglesia del primado de Pedro: «¿Pedro me quieres? Apacienta mis ovejas».

Y aún nos quedaba el gran final, Jerusalén. Si creíamos que ya no nos cabía más gozo y más amor, aunque daba mucho más. Allí visitamos el Huerto de los Olivos, lugar apartado que invita al recogimiento y a la oración. Lugar de la agonía de Jesús que invita a querer quedarnos para acompañarle y orar con Él.

Después fuimos a la prisión  donde Jesús pasó la noche; sobrecoge el alma pensar en ello. Vimos las escaleras por donde Jesús bajó del templo. Caminamos por el camino del calvario,»la vía dolorosa», calles bulliciosas, llenas de gente; mientras, nosotros contemplamos cómo vivió Jesús ese camino, sus caídas, sus sufrimientos, sus encuentros, y, quisiéramos, como Simón el cireneo, poder ayudarle a llevar la cruz.

Y finalmente, llegamos al Calvario, y somos como Juan, María y María Magdalena, caemos de rodillas al pie de la cruz donde estuvo nuestro Señor. Y tras esto, contemplamos la piedra donde le tumbaron, lo lavaron y lo envolvieron, y una vez más nuestras rodillas se doblan y nuestros labios besan tan sagrado lugar. Y cuando ya creemos no poder más, vislumbramos el Santo Sepulcro. Tras una pequeña-larga espera, entramos toda la familia, y de rodillas caímos sobre la piedra vacía donde yació el cuerpo sin vida del «Amor de los amores»; no quisiéramos salir de ahí, pero nos echan rápidamente, y al salir, nos fundimos los cuatro en el abrazo más hermoso y puro, sintiéndonos reliquias vivas de nuestro señor Jesucristo.

Y aquí acaba el viaje que ha cambiado nuestras vidas. Hemos visto, hemos tocado y ahora las palabras del Evangelio tienen imágenes, su narración nunca volverá a ser igual».

Armando Palmerín y familia.

 

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