«Repasando temores. ¿Hacemos borrón y cuenta nueva?»

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Yolanda Guío Cerezo.

Estamos comenzando 2022 y la distopía a la que nos llevó la pandemia por el virus de la COVID-19 al comienzo de 2020 sigue instalada entre nosotros.

En estos momentos estamos en una nueva ola mundial dado que la cepa dominante actual, ómicron, es muy contagiosa, la buena noticia es que en general es menos agresiva que las anteriores. Por otro lado, desde hace meses en los países con alto nivel de vacunación, como España, el porcentaje de muertos e ingresos en UCI respecto a los contagiados está decreciendo exponencialmente. Según los expertos y las estadísticas, la razón fundamental de la menor letalidad de la COVID es la eficacia de las vacunas, esas tan criticadas por un sector de población minoritario y ruidoso que desconfía profundamente de la ciencia, entre los que se encuentran los que llevan años instalados en el conspiracionismo, ya sea político, religioso o espiritual.

Las grandes crisis, y llevamos varias, son aliadas de la exacerbación de prejuicios y bulos que señalan a chivos expiatorios en los que soltar la culpa, la rabia y el desconcierto. Al margen de dar veracidad a teorías propias de paranoicos como las que sostenían que la vacuna era una forma de instalar microchips de la tecnología  5G, o de que el COVID- 19 era un invento para controlar a la población, que afortunadamente se están olvidando, la crítica habitual es que no son vacunas pues no evitan los contagios. Se las pela que los vacunólogos sí las consideren como tales, pues, aunque no impidan la infección, previenen infecciones graves. Estamos ante un fundamentalismo del todo o nada. El hecho de que la mayoría de vacunados no desarrolle una patología grave parece un tema baladí para los que se instalan en la desconfianza. Para ellos vale más el miedo a posibles efectos secundarios futuros no previstos de las vacunas (de los que ciertamente no podemos estar al 100% exentos dada su rápida homologación y escaso recorrido temporal) que la cantidad de vidas que están salvando  y los muchísimos vacunados que pasan la enfermedad sin riesgo reseñable.

Estamos ante un fundamentalismo del todo o nada.

Lo de vivir el “aquí y el ahora”, que algunos de los escépticos practican, desaparece cuando la desconfianza se instala. Es comprensible que se considere que las farmacéuticas implicadas hacen un pingüe negocio, que los peores políticos sacan tajada de las desgracias, e incluso que algunos han pretendido o conseguido aumentar su poder a costa de la pandemia, pero ello no puede llevar a desconfiar en general de todos los estudios estadísticos que constatan los beneficiosos efectos de las vacunas, ni tampoco de todos los políticos a los que está tocando gestionar esta dura pandemia (al menos en democracias estables). Y es que donde crece el fundamentalismo ideológico desaparecen el raciocinio y el empirismo. Las creencias, del tipo que sean, llevan a eso. También al aumento de la intolerancia a la incertidumbre.

Dejemos el monotema, tan solo esperar y desear que la vacunación se universalice, el virus se vaya debilitando y las políticas sanitarias estén acordes con ello, calibrando mejor las consecuencias del grado de restricciones, ahora que tenemos más vacunados y más experiencia. Nos va en ello también la salud mental de la población, y especialmente la de la infancia y la juventud.

Precisamente este año tan trufado de manifestaciones contra las políticas sanitarias en el mundo en nombre de la libertad (muchas veces, mal entendida), ha sido en España, pero no solo, un año de violentos botellones juveniles. Las causas son multifactoriales. Evidentemente las restricciones de ocio, especialmente nocturno, han aumentado la cantidad de jóvenes que se han apuntado a los botellones; en ellos corre más fácil el alcohol, una gran desinhibidor. A ello se suman: la gran dosis de frustración y nihilismo que acumulan por esta dura pandemia que les ha impedido o cohibido el presente a tantos niveles (social , aboral, afectivo, sexual…), la necesidad que sienten muchos de enfrentarse a la autoridad, la banalización de la violencia de otros, la impunidad que ofrece la masa, la presión de entornos juveniles tóxicos y violentos en los que suelen encontrarse los jóvenes más agresivos, la polarización política sin control de los peores líderes que victimizan a la juventud para manipularla… Es un tema complejo que no conviene banalizar.

Las políticas nacionales y locales han de facilitar al máximo el ocio, la cultura, la formación y el trabajo juvenil. Nos va el futuro en ello. Qué digo el futuro, nos va el presente.

En el tema de la violencia contra la mujer tampoco hemos de bajar la guardia en España. Los feminicidios siguen a la baja afortunadamente, pero no las condenas por distintos tipos de violencias sufridos por las mujeres como tales, y asusta el aumento de las violaciones grupales[1]. Para información detallada véase este enlace.

Igualmente hemos de estar alertas en relación a otros delitos de odio como los que se ejercen contra colectivos LGTBIQ+, inmigrantes, prostitutas, etc.

El odio se adueña de las redes sociales de muchas feministas debilitando el movimiento y llevándolo a un callejón sin salida

La corriente hiperconservadora que abandera la extrema derecha hace peligrar los avances conseguidos en los derechos del colectivo LGTBIQ+. Pero además en el feminismo se ha abierto una gran falla en torno al tema del anteproyecto de  la “Ley Trans”, que por cierto no aborda la exclusión laboral que sufre el colectivo, uno de sus principales problemas. De nuevo el miedo es el gran protagonista, en este caso el miedo al “borrado de las mujeres”, ciertas razones no les faltan a l@s que lo temen, tampoco les faltan a l@s que defienden la pertinencia de la ley para dejar de patologizar a las personas trans. El odio se adueña de las redes sociales de muchas feministas debilitando el movimiento y llevándolo a un callejón sin salida. Seguramente la ley se podrá mejorar para acercar ambas sensibilidades pero no cabe el exceso de temor de cierto feminismo que parece rezumar transfobia. Mi postura al respecto se halla cercana a la de la antropóloga investigadora del CSIC Remedios Zafra: «como feminista apuesto por la (trans) inclusión y apoyo la necesidad urgente de leyes trans. Nunca la igualdad de un colectivo supondrá poner en riesgo la igualdad como principio feminista que afecta a la mitad de la humanidad. Las luchas por la igualdad de las personas desde la consideración de nuestra diversidad (humana) debiera generar siempre una alianza»[2]

En relación a la problemática de la prostitución el problema más grave es la tolerancia o indiferencia que hay en nuestra sociedad e instituciones a la esclavitud sexual, pues son muchas las personas prostituidas, la gran mayoría mujeres, víctimas de trata, siendo ineficaces las políticas que se ejercen para perseguir al proxenetismo esclavista, y poca la crítica que reciben los consumidores de este tipo de prostitución. Pero también hay otra problemática relacionada con la petición del reconocimiento del trabajo sexual ejercido por personas que no son víctimas de trata que hacen colectivos que lo ejercen, y de su petición de derechos. Sobre el temor de los conservadores más religiosos y del feminismo abolicionista a esta petición ya hablé en su momento.

El maniqueísmo no sirve (nunca sirve)

En la actualidad la pandemia está afectando a la supervivencia de miles de personas que trabajan con su cuerpo en actividades relacionadas con el sexo, que en España ya tienen derecho a sindicarse, según sentencia del Tribunal Supremo. La problemática también lleva tiempo haciendo falla en el movimiento feminista. Es un tema complejo, pues no podemos olvidar ciertos condicionantes vitales que pueden llevar a elegir o aceptar, sin que medie trata, este tipo de trabajos. Es un tema que necesita analizarse con profundidad, sin prejuicios, y escuchando a las personas afectadas. El maniqueísmo no sirve (nunca sirve) y  manifestaciones como las recientes de Beatriz Gimeno, portavoz de Unidas Podemos en la  Comisión de Mujer de la Asamblea de Madrid, hacen flaco favor al problema fundamental que sufren las personas de estos colectivo, que es la estigmatización. Beatriz afirmó que la prostitución sirve para “separar a las mujeres entre nosotras” y comparó la minería a cielo abierto con el trabajo sexual, diciendo que ambas actividades “contaminan”[3].

Desde la antigüedad se ha marginado a personas, colectivos y pueblos azuzando el temor a la “contaminación” que producían. Este temor es uno de los mayores revulsivos del odio, la antropología da cuenta de ello, y es muy triste que una representante institucional feminista recurra a ese término en este contexto.

Me queda en el tintero hacer un repaso por el devenir de los nacionalismos más perversos en España, por los últimos acuerdos entre gobierno, sindicatos y patronal para abordar la reforma laboral, por los estupendos avances españoles recientes en investigación contra el cáncer por mieloma múltiple, por la evolución del universo etarra (diez años sin ETA, la película ‘Maixabel’ que recomiendo, la petición que hace el colectivo de presos de ETA de que se abandonen los homenajes públicos a los exreclusos etarras)… Y otras buenas noticias con las que me hubiera gustado terminar la columna. No ha podido ser. Solo desear a la humanidad un año en que superemos la pandemia y no dejemos de recordar que ser humanos es tener humanidad. ¿Hacemos borrón y cuenta nueva?

Yolanda Guío (@Guiocerezo

(Educadora y antropóloga)

 

 

 

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