“¿Qué está pasando con nuestra intimidad?”

0

Vivimos en un mundo globalizado donde la globalización no solo atañe a lo económico, sino que es una revolución moral.

Afectos como la vergüenza, el pudor, la intimidad han dejado de ser importantes. En cuanto a la vergüenza, se la define como una turbación del ánimo que suele encender el color del rostro, cuando uno dice “me he puesto rojo de vergüenza”, ya sea ésta ocasionada por una falta cometida o por alguna acción deshonrosa y humillante, ya sea propia o ajena.

El sentimiento de vergüenza se adquiere en la infancia, luego de un periodo más o menos largo donde los niños se muestran ante la familia e incluso extraños, desnudos sin experimentar el pudor.

Autoescuela Triumph

Al pudor lo vinculamos con el recato, la honestidad, la castidad. En las civilizaciones primitivas, el pudor estaba muy arraigado y se lo representa a menudo con la figura de una joven hermosa, siempre cubierta con un velo.

Pero cuando no hay más vergüenza, se impone la vulgaridad, la trivialidad y la obscenidad. Estamos en la época de la impudicia, del espectáculo gratuito, del vacío de contenido, de superficialidad. La desvergüenza, la falta de recato y pudor se ha convertido en norma.

En la actualidad, el reto es la desinhibición para tratar de conseguir un trofeo, un breve instante de gloria que nos destaque del anonimato del conjunto.

Del mismo modo, la frontera, la línea divisoria entre lo privado y lo público se desdibuja, se pasa de un lado al otro no sin cierto grado de obscenidad.

En la actualidad, el reto es la desinhibición para tratar de conseguir un trofeo, un breve instante de gloria que nos destaque del anonimato del conjunto.

Observamos sujetos vociferando sus desgracias, exhibiendo sus secretos más íntimos. Hay un empuje a decirlo todo, pero además se torna imperativo hacerlo visible en imágenes.

Es casi inevitable no hacer referencia al film, ‘El show de Truman’. Lo más curioso de esta película es que nos advertía sobre los peligros de la televisión (y de las telecomunicaciones en general) justo en un momento en el que aún no se había generalizado el uso de Internet.

Asimismo, no puedo dejar de citar la obra literaria de Orwell, ‘1984’ donde uno de sus personajes es llamado Gran Hermano. Éste tiene un carácter omnipresente y lo observa todo. Si bien su escrito se basó en los sistemas totalitarios, algunos rasgos de este fenómeno se evidencian en la actualidad.

El psicoanalista francés Jacques Lacan distingue la pulsión escópica centrada en la mirada; de la función fisiológica de ver. Ver es la acción y el resultado de captar el mundo por medio de la vista. Mientras que mirar consiste en fijarse en un detalle particular de aquello que estamos viendo.

Durante su desarrollo el niño es mirado por sus seres queridos, pero esta mirada debe tener un límite. El niño se angustia si es mirado todo el tiempo. Por esta razón los niños disfrutan del juego del escondite. El niño se oculta de la mirada del otro, y a la vez desea que el otro lo busque. Ese goce en juego que se pierde al no poder ser mirado todo el tiempo, se recupera a través del juego.

Actualmente, las redes sociales y los reality shows, entre otros fenómenos, alimentan esta sed de ser mirados y mirar.

Al fenómeno del reality show es necesario analizarlo en el marco de la globalización. Lo podemos inscribir como un nuevo gadget (objeto de consumo) de la época, un objeto más de consumo ofrecido por el mercado para saturar el vacío de existir.

Constantemente somos bombardeados con los detalles más irrelevantes que experimentan los participantes. Los espectadores siguen de cerca el show ilusionados o decepcionados. Y así continuará, mientras el mercado encuentre un beneficio económico y/o social.

Diferentes son las formas particulares que pueden contener los reality: convivencia de un grupo de jóvenes previamente seleccionados, un concurso de supervivencia, disputa entre parejas o triángulos, etc.

El rasgo común que comparten es el mostrarse, el hacerse ver, donde la palabra es la escena, consecuencia de los cambios de paradigma de nuestra época: degradación de la palabra y sobreestimación de la escena. Allí el sujeto paga el precio de ser reducido a la condición de objeto, como un producto más de consumo del mercado.

Gérard Wajcman (2011) en su libro ‘El ojo absoluto’ introduce la noción de que somos mirados permanentemente.

El deseo de mirar propio de la naturaleza humana, hoy se ve potenciado por la ciencia y la tecnología. Esto se constata ante la infinidad de cámaras de vigilancia que son parte del entorno de las ciudades.

¿Por qué algunas personas se fascinan tanto asistiendo a la terrible realidad de gente que no conoce?

También la mirada omnipresente del sistema sobre nuestras formas de satisfacción le proporciona información importante. El mercado sabe cómo anticiparse para colmar todos nuestros deseos. A través de Internet se pueden conocer los intereses intelectuales, sociales y hasta sexuales.

Habrán experimentado alguna vez que luego de hacer alguna búsqueda particular, nos envían información constante acerca del tema investigado.

Actualmente no se crea un invento para satisfacer una necesidad, más bien se crea la necesidad de dicho invento.

La sociedad posmoderna ha hecho del espectáculo el lugar donde uno puede acudir a quejarse, a manifestar su malestar.

Y para finalizar, dejo algunos interrogantes: ¿Por qué algunas personas se fascinan tanto asistiendo a la terrible realidad de gente que no conoce? ¿Se puede influenciar al público a través de la telerealidad? ¿Podemos pensar en una versión didáctica de los reality-shows para tratar temas sociales? ¿Qué hace que algunos se mantengan pegados a seguir semana tras semana estas audiciones?

 

Mirta García Iglesias.

(Psicóloga-Psicoanalista. mirgarciaiglesias@gmail.com

Asociación Cultural Vínculo)

 

 

 

Dejar respuesta

Por favor, escribe tu comentario
Por favor, escribe tu nombre aquí