«Los hombres que no aman a las mujeres III: el caso de los hombres que pinchan a las mujeres en entorno festivos multitudinarios»

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Hace años, con  motivo del juicio del caso de la violación múltiple de “La manada”  (Pamplona, 2017) escribí mi primer artículo con este título inspirado en el título de la primera obra de la trilogía Milenium de Stieg Larson. Tiempo después redacté el segundo artículo con idéntico título para hablar de la violencia misógina que despliegan los célibes involuntarios (INCELS), quienes en los casos más graves han realizado atentados en EEUU o Canadá. En ambos casos la cosificación (=deshumanización) de la mujer, la banalización del daño infringido y  la victimización secundaria de la víctima por parte de los agresores estaban presentes, también su propia autovictimización. En los dos casos la falta de respeto a la mujer, su libertad y su dignidad quedaban manifiestos, es decir, el desamor a la mujer, en una palabra, la misoginia (=aversión a las mujeres).  De ahí  la repetición de este título-mantra tan triste y desolador.

Yolanda Guío Cerezo.

Lamentablemente llega el momento de hablar de otro fenómeno de agresión machista que se está produciendo en Europa desde hace meses, y en España desde el verano, otro ejemplo de lo que hacen ciertos “hombres que no aman a las mujeres”: en este caso se trata de los “pinchazos” con jeringuilla (con sustancia química o no) que estos hombres realizan a un número creciente de chicas en entornos festivos y musicales multitudinarios (conciertos, discotecas…).

Hagamos un poco de memoria. La sumisión química que han padecido y padecen las mujeres a manos de hombres que desean tener sexo con ellas sin pasar por su consentimiento consciente o  en contra de su voluntad,  era y es algo nada inusual.  Estamos hablando de hombres que echan alguna droga más o menos inhabilitante para el discernimiento en la bebida de sus víctimas, o que les ofrecen pastillas de sustancias con efectos similares.  Se puede incluir en esta problemática el ofrecimiento reiterado de alcohol a mujeres en cantidades generosas que ciertos hombres tradicionalmente han practicado con las intenciones mencionadas.

La posibilidad de estar pedo o puesto que tienen los hombres sin por ello estar expuestos a agresiones  sexuales por parte de las mujeres, no la tienen las mujeres

Incluso cabe considerar aquí el caso, bastante más frecuente, de hombres que acechan o violentan sexualmente a las mujeres que no están en buenas facultades de consciencia  por la ingesta voluntaria de alcohol o algún otro estupefaciente (consumo que no es el  momento de valorar). La posibilidad de estar pedo o puesto que tienen los hombres sin por ello estar expuestos a agresiones  sexuales por parte de las mujeres (aunque algún caso habrá), no la tienen las mujeres. Esta libertad de autoconsumo, cuando es ejercida por las mujeres, es interpretada por muchos hombres como patente de corso para procurar un acercamiento sexual  a ellas sin su consentimiento, o, si llega el caso, por la fuerza.  Lo malo de ello es que gran parte de la sociedad bien pensante, e incluso de cierto sector de la judicatura, puede considerar que si una mujer es violentada en tales circunstancias en cierto modo se lo ha buscado, o incluso pueden pensar que a ella no le habrá parecido tan mal si no ha opuesto la suficiente resistencia (como si eso fuera posible en dichas condiciones de bloqueo mental y con el agravante del miedo a sufrir mayor violencia). Como siempre el foco del problema no se pone en el agresor si no en la víctima, que de esta forma sufre una victimización secundaria.

Toda esta milenaria mentalidad machista ha conseguido reducir la movilidad y la libertad de las mujeres durante cientos de años. El resultado: no poder caminar, beber o bailar tranquilas y/o solas, no tener facilidad para entablar relaciones sexuales con cierta garantía de seguridad , no poder confiar en desconocidos (aunque luego resulte que el que emborracha o droga es un supuesto amigo, o incluso la pareja, como parece no ser infrecuente), etc. En resumen: MIEDO a espuertas. MIEDO que se mastica, MIEDO que anula, MIEDO que culpa de querer elegir con la mayor libertad posible qué haces en un momento dado…

Por supuesto, otra consecuencia de este machismo controlador de los divertimentos y actitudes sexuales de las mujeres, es que la mujer que no se atiene a las convenciones reservadas al sector femenino (cuyos mandatos son: no caminar sola de noche, no beber demasiado, no tomar otras drogas, no elegir libremente con quién practicar sexo y cuándo…) es considerada una ligera de cascos, dicho finamente, o “puta”, como más usualmente se dice, y ya se sabe que nuestra sociedad suele cosificar a las mujeres que son consideradas “putas”, ejerzan como tales o no, las desprovee de agencia (en su acepción sociológica) y dignidad, las considera algo a usar, denigrar, ridiculizar, despreciar, intentar someter, “salvar”, etc. (Solo mencionar, para que no caigan en el olvido, que la problemática de la trata de blancas es otro capítulo del desamor a las mujeres mucho peor).

refleja esa misoginia que no ceja, esa deshumanización de la mujer, ese machismo ramplón

Volvamos a los pinchazos. En Europa, Gran Bretaña fue el primer país en acumular casos el invierno pasado, y le han seguido países como Bélgica, Francia o Países Bajos. La última moda para amedrentar y paralizar la movilidad y posible disfrute de las mujeres son los citados pinchazos. En los casos iniciales se hablaba de que tras el pinchazo la víctima sufría confusión, se mareaba, etc. En este caso estamos ante un pinchazo con sustancia química que inhabilita a la víctima, le impide seguir de fiesta donde esté,  le hace necesaria la visita a un hospital para identificar la posible sustancia, sus efectos, descartar contagios, y continuar con la visita a la policía a poner la denuncia pertinente. Parece que la mayor parte de los agresores no buscan el acceso sexual a la víctima, quizá tampoco sea tan fácil pues ésta en cuanto nota el pinchazo sabe que puede perder el conocimiento o la orientación y enseguida alerta a sus amistades o cercanos (incluso hay discotecas que han habilitado puntos de encuentro para ello). Según ha avanzado el fenómeno se ha sabido que en muchas ocasiones, quizá la mayoría últimamente, el pinchazo no contiene droga.  ¿Si en la mayoría de los casos los agresores no van a obtener sexo fácil, ni se producen robos, qué buscan entonces?  Pues lo que decíamos: anular la libertad de movimiento de la víctima, y amedrentarla, a ella y a todas las demás para que no estén tranquilas divirtiéndose.

Algunos han banalizado esta perversa conducta, sobre todo cuando el pinchazo no conlleva sumisión química, como si fuera simplemente una gracia, pues no, no es ninguna gracia, ni se puede considerar un delito menor. Para empezar es un delito de lesiones que hay que denunciar, pero además lo que refleja es esa misoginia que no ceja, esa deshumanización de la mujer, ese machismo ramplón que invade a bastantes hombres, e incluso a las mujeres que juzgan con patrones patriarcales los roles sociales de género, sean conscientes o no.

Es un delito de lesiones, agravado por la sumisión química cuando es el caso, ambas cosas están penadas. Además, el pinchazo en sí, con sustancia o no, ya puede ser un motivo de transmisión de enfermedades, algunas graves como el VIH o ciertas hepatitis. Se sabe de un caso en el que se inyectó esperma. Pero además se puede imputar el delito de odio, como recomienda el gobierno del País Vasco y algunos expertos. Algunos juristas no lo ven claro y la ministra de Justicia, Pilar LLop, señala que con los datos actuales los pinchazos podrían suponer “un delito de lesiones con agravante de género”. ¿Por qué creo que puede ser también considerado un delito de odio?, porque el agravante de género tiene que ver con el desprecio a la libertad y dignidad de esas mujeres como tales. Se pincha a mujeres que van a divertirse y se busca que estén atemorizadas, el temor es una forma muy exitosa de sometimiento, y se ejerce contra las personas y colectivos a los que se desprecia (aunque solo sea porque no son como los agresores quieren que sean, o porque no valoran sus dignidad y su libertad). De forma consciente o no, es una forma de volver a imponer el sempiterno dicho patriarcal: “la mujer con la pata quebrada y en casa”. El hecho refleja violencia y discriminación por cuestiones de género.

hay varones muy resentidos por su pérdida de privilegios, de poder, y en algunos casos sobre todo por su falta de éxito en la seducción sexual

Las mujeres se convierten en un colectivo denigrado por la mentalidad machista cuando no se comportan de acuerdo a la moral tradicional que les adjudica un deseo sexual controlado y normativo, y les relega al papel de célibes, novias, esposas o madres sumisas. Un colectivo criticado cuando no se deja tutelar por los varones, o por las mujeres que se identifican con los tradicionales roles heteropatriarcales,  donde unos y otras entienden que el reino de la mujer está en la casa, el hogar, no en la calle, al menos no sin tutela y/o recato. Desde siempre muchas mujeres han estado en riesgo constante de ser violentadas, abusadas, sometidas, en sus familias, sus trabajos, sus relaciones de pareja, en la calle si van solas… En la medida que esto hace tiempo que está cambiando, sobre todo en países de tradición democrática, hay varones muy resentidos por su pérdida de privilegios, de poder, y en algunos casos sobre todo por su falta de éxito en la seducción sexual. Éstos viven como una amenaza consciente o inconsciente la autonomía sexual y de movimientos de las mujeres. Incluso el éxito social y laboral de éstas (como veremos con un caso reciente). Como no siempre ellos, o ellas, son conscientes de este resentimiento es comprensible que haya gente que considere que estamos exagerando. Lo entiendo. Aunque también creo poder decir lo que digo después de llevar años dedicada al estudio de la mentalidad machista, entre otros aspectos de la intolerancia al otro (para más información véase el capítulo 2 de mi libro Ideologías Excluyentes). Más experiencia tiene en los delitos de odio en España Esteban Ibarra, cuyo artículo recomiendo.

Por ello hace falta mayor coeducación, y aprender que en todos los fenómenos de acoso, ya sea moral, sexual, laboral, etc. para prevenir hay que poner el foco en el agresor como llevan tiempo diciendo los expertos. No hay un perfil de victima claro, y si lo hubiera y fuera el caso de aquella persona que quiere ejercer su autonomía por encima de todo y rechaza ser sometida o tutelada, tal hecho no debe ser considerado un justificante de la agresión. Como mucho una explicación de la incapacidad del agresor para tratar al otro como un ser humano con igual dignidad; en estos casos de violencia misógina, a la mujer como una igual, con los mismos derechos y deberes. Se debe estudiar el fenómeno de los pinchazos para combatirlo, sobre todo analizando la mentalidad y los objetivos de los agresores. Y se debe llamar a la sociedad de hombres y mujeres en general a unirse contra la barbarie de los pinchazos, o cualquier otra violencia, para que estemos todos atentos al quehacer de los agresores, intentando identificarlos, prevenir o impedir su conducta, hacer que se sientan vigilados, juzgados y rechazados socialmente (no todo se soluciona tipificando delitos)

aprender que en todos los fenómenos de acoso, ya sea moral, sexual, laboral, etc. para prevenir hay que poner el foco en el agresor

Como colofón para que se vea claro que todavía hay mucho machismo en la valoración de los roles de género, incluso en Europa, especialmente en Hungría donde la extrema derecha gobierna de forma absoluta y autoritaria, traigo a colación un estudio reciente realizado por la Oficina Nacional de Auditoría de Hungría que advierte de los riesgos económicos y demográficos que tendría para el país un número elevado de mujeres con formación universitaria, entre los que señala: la dificultad de la formación de parejas, la minusvaloración de las «capacidades masculinas» en la educación, y la generación de «problemas mentales» en los varones.

Si con casos como éste todavía no vemos el miedo que se sigue teniendo a la libertad y la formación de la mujer en algunos contextos en sociedades democráticas es que estamos ciegos, o, peor aún, somos cómplices de mantener sociedades que se sustentan justificando la discriminación y la exclusión de la mitad de su población en aspectos claves,  aunque ello no se refleje en las leyes.

 

Yolanda Guío (@Guiocerezo

(Educadora y antropóloga)

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