«Guerra vírica por la COVID-19»

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M. Yolanda R. Herranz.

Ya no nos extraña vernos distantes por la calle y distraídos en casa; sin saludarnos con abrazos ni besos, sin reunirnos todo lo que quisiéramos. Incluso no reunirnos. Incluso rehuir de las reuniones.

Estamos en alerta. Una amenaza invisible y homicida, como diría el poeta, que oprime nuestra forma de vivir, o nuestra antigua forma de vivir. Esa forma de vivir sin miedo que, a pesar de los atentados terroristas de los últimos años, a pesar de los recortes públicos y a pesar de la economía mermada de los últimos tiempos (que ya empezaba a recuperarse), nos negábamos a que se destruyera.

Hace más de siete meses que empezamos a tener sentimientos muy distintos de ese miedo controlado. Era una incertidumbre ante una situación desconocida e inquietante para todos. Una enfermedad nueva, muy contagiosa, que se había introducido en nuestras vidas y no sabíamos qué hacer para no contagiarnos. Nuestra salud estaba en peligro. Nuestra salud colectiva. La salud mundial amenazada de muerte. Una situación que afectaba directamente a nuestra forma de vivir.

Nos quedamos en casa como primera medida de contención y, aun así, los enfermos saturaron la maltrecha Sanidad Pública. Los sanitarios no tenían recursos suficientes para atender tanta demanda de contagiados. La angustia se disparaba en la población y las bajas, los fallecidos, se amontonaban en nuestra lánguida vida y aumentaban la pena de muchos de nosotros.

Los sanitarios acudían a las trincheras a salvar las vidas que podían, mientras que la población se reunía alrededor de los informativos que no nos dejaban más tranquilos. Las calles vacías, sólo con el eco de la vida que se escondía al abrigo de los tejados de las casas, esperando, bajo la sospecha de enfermar. Desconsolados ante la pérdida de vidas y de familiares; de los nuestros, de los de otros, de los de todos.

No existe la normalidad. Ni siquiera existe la nueva normalidad. Estamos en un escenario bélico inédito

No había material de protección, ni para el alma ni para la vida. Estábamos en la inmensa espera de seguir en calma, si podíamos, ante tan grave situación. La economía flaqueaba, estaba a unos niveles de descenso no conocidos en nuestra sociedad.

Todo esto me recordaba mucho a otras guerras no vividas, claro, pero sí leídas muchas veces.

¿No será esto una guerra del siglo XXI? Un encuentro bélico mundial donde no hay metralletas, ni campos de batalla, ni sangre, ni bombas. Pero sí que hay bajas, receso en la economía, en sanidad y en educación, hambre, incertidumbre, dolor…  Y, a la postre, la recuperación subyacente de las personas y de los países; la reconstrucción de la unidad entre los seres humanos cuando haya finalizado, oficialmente, esta que es nuestra guerra, la de nuestra generación.

Unos meses duros que no han acabado todavía. Escaramuzas que hemos ganado al virus, ese que no nos da tregua, y que sigue amenazando con el próximo ataque. Con las recaídas y con las segundas olas de la pandemia. ¿Habrá tercera ola? ¿Cuarta, quizás? El cansancio y la pesadumbre se apoderan de nuestras vidas.

No nos imaginábamos vivir algo así, tan brutal como una guerra, tan mortal como una guerra; con tantas pérdidas económicas como en una guerra; tantas esperanzas truncadas, como en una guerra. Los hospitales llenos y las escuelas vacías, como en una guerra.

No existe la normalidad. Ni siquiera existe la nueva normalidad. Estamos en un escenario bélico inédito.

Nuestra salud mundial está amenazada de muerte.

Nuestra educación mundial está amenazada de ignorancia.

Nuestra economía está amenazada de pobreza.

Una fina línea entre la economía y la salud.

Una fina línea entre la esperanza y el desasosiego.

Un equilibrio de funambulista al que están sometidos todos los países.

Intereses económicos, políticos, y cualquier otro no relacionado con la salud, no nos dejan pensar que nuestro enemigo común y único es el virus con nombre propio: COVID-19, que no entiende de razones humanas conocidas, ni de nuestra sociedad del bienestar.

Todos nosotros, todos, somos víctimas.

Y yo estoy rara, y es porque el fin no está cerca.

Yolanda R. Herranz @MyolRh

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