«Fenómeno Grinch, reversible»

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Formo parte de ese grupo minoritario de personas a las que no les gusta la Navidad. En realidad, no tengo un motivo evidente por el que me sienta incómoda en estas fechas; es una colección de emociones, mezclada con la locura de estos días: gastos descomunales, mucho trabajo, demasiado estrés, regalos innecesarios; en general, me siento acosada por diciembre y sus excesos.

Es curioso, porque, de unos años a esta parte que estoy expresando mi desagrado con la Navidad, descubro que hay muchas personas, que, como a mí, esta época no les gusta. Bueno, salvo a mi vecina María, que monta el belén, planta el árbol y cuelga las bolas a finales de noviembre y no lo quita hasta febrero. Como los adornos de la entrada a su casa. Todos los años compra algo nuevo, con más luces y pompones que el año anterior, para exhibirlo, a las puertas de su domicilio.

Las guirnaldas de luces, además, tienen incorporado un soniquete de campanillas estridentes y desafinadas que ponen banda sonora en toda la calle. Afortunadamente, este concierto solo empieza en el puente de la Constitución y termina después de los Reyes, sino sería insoportable.

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Es verdad que para muchas personas son fechas de amor, paz y felicidad, de reuniones con familiares y con amigos. Son personas entusiastas y alegres que te involucran en las Navidades aunque no quieras. Y te ves con un gorrito rojo, una peluca de colores o unos cuernos de reno, cantando el beben y beben y vuelven a  beber. ¡Y vaya si bebemos!, lo que nos echen. Y comemos sin gana y por demás, con el hambre que hay en el mundo. ¡Ves como te has animado!, te dicen abrazándote. He de admitir que lo he pasado genial, le digo, pero al pobre de San José, ¡que sepas!, le han robado los calzones.

todos tenemos, o debemos, o lo intentamos, ser más buenos y mejores personas en Navidad. Más nos valiera intentarlo durante todo el año.

Me molesta la hipocresía de estas fechas: todos tenemos, o debemos, o lo intentamos, ser más buenos y mejores personas en Navidad. Más nos valiera intentarlo durante todo el año. Intentarlo de verdad, pienso mientras bebo y bebo. Las alocadas letras de los villancicos suenan en todos los locales a los que entramos a seguir celebrando; la Virgen se peina con peine de plata entre cortina y cortina, las campanas suenan a la una y a las dos y a las tres porque el Niño Dios ha nacido ya, los pastores son los primeros en cantar la Nochebuena y los Reyes Magos van caminito de Belén. Y entre copas y risas me despido de la reunión improvisada. Es hora de ir a casa.

En el camino, me encuentro con la casa de María que desprende ambiente de Navidad. Sin pensarlo, subo las escaleras de su casa, saludo al reno blanco que custodia la entrada y doy la mano al sonriente Papa Noel, justo antes de llamar al timbre. María sale desaliñada y en pijama. Sin mediar palabra, abro mis brazos y la envuelvo con ellos. Un impreciso ¡Feliz Navidad!, sale de mi boca. María sonríe y me invita a entrar a su casa a comer turrón (eufemismo de te prepararé una manzanilla). En el salón, la estrella empieza a brillar para señalar el sitio justo donde ha nacido Jesús: en el portal de Belén hay estrella, sol y luna, la Virgen y San José y el Niño que está en la cuna. Y caigo despanzurrada en el sillón.

Resumiendo a contrariis, es bueno contagiarse del espíritu navideño de estas fechas, porque lo contrario nos haría desgraciados.

Pincelada Cyan, les desea una felices fiestas.

Yolanda R. Herranz @MyolRh

1 Comentario

  1. Para mi la Navidad es la epoca del año más bonita. Te acuerdas de los que no estan pero a la vez de lo que se disfrutaba cuando estaban y si hay niños mucho mas

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