“Espacio vacío: Día Mundial contra el Cáncer de Mama”

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Este otoño se ha adelantado. Las hojas han caído vertiginosamente de las ramas y han teñido de óxido del suelo del jardín. Los árboles, hermosos en su desnudez, se yerguen hacia el perpetuo techo del cielo. Solos en los bosques tupidos, sin la caricia de las ramas que, sin hojas, dejan un denso vacío entre ellos. El tratamiento contra el cáncer me ha dejado sin hojas y mi vida se ha llenado de otoño. Soy el árbol desnudo del bosque. Solo.

Detrás de la ventana del salón, percibo en mi mano el vaho inerte y acuoso que cubre los cristales. Mis dedos perfilan corazones sobre ellos y, enseguida, en las líneas trazadas, se forman surcos de agua que distorsionan los dibujos; como lágrimas. Mi cara, húmeda de llanto seco, se vuelve hacia la puerta. Intercambio la mirada con mi familia y mis amigos.

Saludos. Ánimos. Forzadas sonrisas. Los silencios están presentes. El cáncer no existe, sólo el silencio. No sé cómo llevar la enfermedad, no sé qué decirles sobre lo que me pasa, ni sé explicarles cómo me siento cuando veo que me falta una parte de mi ser. Tampoco sé si quieren saberlo, porque no preguntan; me miran y sonríen. Sus labios sonríen sin querer. Sus bocas articulan palabras de las que no escucho el sonido, ni comprendo el significado. Me aíslo.

Escondo mi sufrimiento en el silencio de la incomunicación

Autoescuela Triumph

La pregunta no existe porque no quieren saber. La enfermedad física es la única que ven. Saben que está en mí, que existe. Mi deterioro es patente. De las otras enfermedades que producen el cáncer no quieren saber nada; ni de la emocional, ni de la social. Quiero gritar alto y fuerte lo que sucede en mi cabeza, pero no deseo incrementar su aflicción. Escondo mi sufrimiento en el silencio de la incomunicación.

Las tazas se apoyan en los platos con agudos tintineos y las voces se mezclan con el sabor a café con pastas. Las bocas ríen, los ojos miran sin ver. No me ven. Mi cabeza desnuda intimida a sus miradas. Mis ramas no tocan sus ramas. Mis ramas no tienen hojas.

La despedida llega. Besos. Más ánimos, más sonrisas, más brillo húmedo en los ojos. Adioses. Mis amigos se van; mi familia se queda en el espacio vacío de mis ramas yermas. No quisiera tener que despedirme nunca más de ellos.

Estoy cansada. Busco una silla que me acoja, un sillón que me adormezca y me recojo en mí misma.

El suelo se mueve. Al otro lado de la raya de esta baldosa está mi familia. Las juntas entre la cerámica se abren. Me quedo al otro lado esperando a que broten mis ramas

Yolanda Rodríguez Herranz @MyolRh

1 Comentario

  1. Yolanda lo has narrado tan bien que me he metido dentro del personaje, que duro, que fuertes las personas que pasan por esto y que miedo la enfermedad.

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