“En algún rincón olvidado del pasado”

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Ya no miraré atrás, ni lloraré. Ya no hablaré más contigo del devenir de la vida, ni de lo que fue o pudo ser. Tú no dices nada. Como siempre. Hoy es posible que tenga sentido tu silencio; ahí tendido, estático. Sin olor. Frío. Con el tacto y los besos difuminados por la muerte. Yo con el roce helado en mis labios por el beso del adiós.

Ya es tarde porque tus oídos y tu silencio no se volverán a mezclar con mi voz, pero, si pudiera, te diría que tuve etapas en las que compartí mi felicidad contigo. Etapas en las que fui feliz. O que creí serlo. Y aún así, no sabía que me faltaba tu amor. Nuestra convivencia tuvo escasez; desde el principio el “yo para ti y tú para mí”, no funcionaron. Enseguida me percaté de que me sobraba un pronombre y te faltaba el deseo. Y seguí a tu lado porque me hiciste creer que la soledad sería mi compañera sin ti. Mi cobardía me hizo sentir amor donde sólo había afecto. O miedo.

Me di cuenta, con el tiempo, de por qué te costaba expresar tus emociones, no lo vi llegar. Si es que alguna vez estuvieron. Procedías de una familia en la que el único sentimiento que experimentabas era el del temor a recibir una patada o un pescozón sin sentido, mientras apurabas tu infancia intentando jugar y aprender a vivir sin sufrimiento. Un padre autoritario te anuló el cariño, y tu madre, fiel esposa -apocada y sumisa mujer- se prohibió rodearte con sus brazos, temiendo hacer de ti un hombre sensible. Tal vez por ello alcanzaste todo lo que te propusiste en la vida, guardando tus sentimientos en algún rincón olvidado del pasado.

Siempre con la palabra ahogada en la punta de mi lengua y siempre tu rechazo, con el que acallaste mi existencia

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Nos conocimos y, en un único alarde de aventar tus emociones, me conquistaste. Sentí amor desde el principio. Y deseo. Y dije sí. Sí a una vida en común que nos llenara de felicidad. Pero volviste a dejar olvidadas las emociones en un rincón del pasado. Quise hablar en innumerables ocasiones y nunca tenías tiempo para mis cosas, como solías calificar a mis inquietudes, cuando notabas que estaban relacionadas con el corazón o con mi felicidad. Y llegaron los hijos y los años y el desgaste. Siempre con la palabra ahogada en la punta de mi lengua y siempre tu rechazo, con el que acallaste mi existencia. Los hijos crecieron y volaron. Y se notó más el vacío entre nosotros. A decir verdad, fui consciente del vacío que siempre existió.

Conversaciones sin sustancia llenaron el espacio de mi jaula; tú sólo querías tranquilidad, no tener sobresaltos en tu vida y yo necesitaba respirar más allá de los barrotes de tu insensibilidad. La tristeza me invadía y a ti el corazón te falló. Lejos de sentir el amor necesario para sobrevivir, sintió dolor, tan intenso y tan fuerte que paralizó tu vida.

Lloré. Lloré por mi vida perdida y por mi fracaso. Y tus hijos, que te admirarán y te amarán el resto de sus días, abrazaron tu cuerpo inerte para despedirse del mejor padre que hubieran podido tener. Me hubiera gustado sentirte como la mejor pareja del mundo, pero no fue posible. Aún creo que la culpa fue mía no poder descifrar la naturaleza de tus emociones.

Cómo decirte ahora, yaciente y frío, que no echaré de menos la falta de tus besos y de tus abrazos y que tu silencio, una vez más, me acompañará el resto de mi vida.

Un último beso helado me alejará de ti para siempre y seré libre.

Yolanda Rodríguez Herranz @MyolRh

(Dedicado a las mujeres que han perdido su identidad por la violencia muda del maltrato psicológico, por las 971 mujeres que han perdido la vida desde que, en 2003, se empezó a contabilizar y  por todas las anteriores que murieron en silencio y que fueron muchas. 25 de noviembre Día Internacional contra la Violencia de Género).

 

5 Comentarios

  1. Muy bueno, Yolanda. Una narración estupenda con detalles de gran valor psíquico. Un paso más para enfocar la violencia machista. Un fuerte abrazo

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