«El extraño caso de la bondad mal entendida (o del pensado arrepentimiento)»

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M. Yolanda R. Herranz.

Amanda llevaba sin fumar nueve meses; poco a poco había conseguido no quemar dinero y tener un pequeño ahorro para algún antojo. Como se acercaba su cumpleaños, cogió cincuenta euros de la hucha para no descabalar las cuentas mensuales y comprarse el capricho que llevaba unos meses rondando su cabeza.

Guardó el dinero en la funda del móvil y fue decidida a conseguir su auto regalo. En la tienda donde lo había visto, una cadena de electrodomésticos con buenos precios, porque, ¿para qué engañarnos?, Yo no soy tonto, le dijeron que no lo tenían pero que, en la sucursal de Parque Sur, en Leganés, quedaba un aparato en la tienda.

Su marido empezó a poner pretextos para ir a la otra punta de Madrid; le explicó que ella lo deseaba y que, si no quería acompañarle, le dejaría en casa. Le miró como quien mira un espectro (tal vez se le desencajó un poco la cara y la lengua) mientras le espetaba las palabras y, finalmente el marido, aceptó acompañarla, no sin el consiguiente runrún del por qué y por qué y por qué y que si no podía ser otro día. Paró el coche en seco y le invitó a salir o a callar. El hombre optó por callar. Se preguntaba si este marido que le había tocado a ella era tan rancio o, por el contrario, lo eran la gran mayoría de los maridos a los que les molesta la idea de trotar por los centros comerciales. Ella misma no era capaz de pasar las tardes completas en esos centros de compras compulsivas, pero si se presentaba la oportunidad de conseguir lo que estás buscando a buen precio, ¿por qué no recorrerse la ciudad?

Se lanzaron a la aventura de cruzar Madrid, con sus atascos y sus accidentes. Y con  sus conductores enojados por llegar tarde a… vete tú a saber dónde. Tampoco pensaba que un miércoles, conseguir un aparcamiento en el complejo comercial, fuera una tarea imposible; tanto que le costó más de tres cuartos de hora, y algún que otro pensamiento como “a qué coño he tenido que venir hasta aquí”, conseguirlo. Está claro que no iba a admitir ante de Carlos, que tenía razón (¡en parte, sólo en parte!). Era una superpoblación en un limitado espacio que terminó por agobiarle.

Llegaron a la tienda después de sortear un conglomerado de pasillos, personas y carritos de bebé. En el pasillo de los electrodomésticos específicos se exhibía el modelo que ella andaba buscando. Mientras esperaban a la dependienta, llegó una joven pareja con un bebé de no más de nueve meses y se quedaron en el mismo pasillo que ellos.

Piensa lo que quieras, pero es lo que eres, ¡una cerda!

Amanda miraba los modelos de las aspira-escobas-eléctricas con inusitada atención. La pareja de jóvenes con niño, hacían exactamente lo mismo que ella; el niño lloraba, estaba incómodo. El padre le sostenía en brazos, pero la criatura se revolvía y chillaba como un poseso y no le dejaba concentrarse en su deleite de modelos, colores, prestaciones, watios y precios de los electrodomésticos en los que estaba interesada. Aunque la elección ya estaba hecha.

Amanda creía que estaba desarrollando una rara enfermedad antisocial, sobre todo hacia las parejas-jóvenes-con-niños-a-los-que-no-saben-cómo-consolar–ni-educar-para-la-frustración, y, por ende, hacia esos mocosos que algún día llevarían este país, que ya es una basura, a la auténtica mierda, resolviendo con rabietas, los futuros problemas sociales y de cualquier índole que se les plantee. Estaremos apañados en manos de estos personajes inmaduros.

Hacía esfuerzos sobrehumanos por centrarse en la observación de los electrodomésticos y no distraerse con la escena. El padre luchaba con el niño, en un baile brusco entre un cuerpecillo en el aire y los brazos robustos del adulto, que intentaban detener la huida del bebé. La cara de desasosiego y fastidio del progenitor era patente. Este se movía para dejar espacio a la madre y no perturbarla en su deambular. La madre, indiferente a la situación, (Amanda llegó  a pensar que era sorda o autista), levantaba etiquetas, bajaba les estante las esco-aspiradoras, las probaba a peso, las desmontaba, las usaba. Incluso Amanda creyó que se dirigía a ella, y miró por encima de su hombro, de reojo; más que nada porque eran las dos únicas personas que estaban mirando esos productos en un reducido espacio de pasillo. La madre murmuraba con la cabeza hacia abajo que también pudiera ser que hablase consigo misma (o con su ego). Padre e hijo, en el pasillo contiguo y la criatura no paraba de trepar por el torso del padre, berreando. Luego la madre, parecía como si se dirigiese al padre, pero este no le escuchaba con los lloriqueos del bebé.

En su nerviosismo ante la situación, Amanda no dejaba de abrir y cerrar la funda del móvil y comprobar que seguía allí el billete naranja. Carlos, que se había apartado literal y físicamente de la escena, le llamaba desde el inicio del pasillo. La dependienta estaba a punto de entrar en acción. La joven madre también atendió a la llamada de Carlos, e incluso, tuvo la desfachatez de intentar dirigirse ella primero a la dependienta. Pero allí estaba Amanda, dispuesta a no perder el lugar que le pertenecía, y le echó una mirada de esas de la primera soy yo.

Carlos, en un gesto de desaprobación, se tapó la boca con la mano. Amanda se señaló a sí misma, diciéndole tengo todo el derecho, pero Carlos obvió el ademán y miró hacia otro lado. Amanda preguntó a la mujer uniformada sobre su aspiradora. La madre volvió a los estantes de donde había venido.

En efecto, en el almacén tenían una única aspiradora del modelo que iba buscando. Pero el precio no era el de la oferta. ¡Sorpresa! No todas las tiendas tienen la misma política de ofertas. ¿La quiere? ¡Joder!. Una nueva decisión. No tenía los nervios yo para interferencias. Debía haber ido en la dirección correcta. Oferta. Llegada a la tienda. Compra. Casa. Pero no. Tenía más complicación que una simple compra. No sé… espere un momento. Volvió a abrir la funda del móvil. ¡Otra sorpresa!, los cincuenta euros habían desaparecido.

Dio un respingo ya abandonó a la dependienta, se fue de vuelta al pasillo donde miraba las escobas eléctricas unos minutos antes. Miró. Remiró. Farfullaba, entre la frustración y la incredulidad. ¡Mierda! El bebé había dejado de llorar y parecía observarla. El padre consiguió meterlo en el cochecito y Amanda revolvía debajo de las estanterías, entre las cajas y pasaba la mano por el suelo, por si acaso se le hubiera caído por allí el billete. La madre, con la cabeza agachada, le preguntó si buscaba algo. Respondió que un billete de cincuenta euros. Tres segundos de esperanza. ¿Los había encontrado esa madre callada y ausente? Pero no. Su respuesta fue rotunda. Hemos estado todo el tiempo aquí y no hemos visto nada. ¡Y una mierda para ti!, pensó Amanda.

Esa madre no se da cuenta que cuando formulas la pregunta ¿qué buscas? Y la otra persona informa de lo que ha perdido, la respuesta correcta es sí lo hemos encontrado, ya que esa pregunta entraña el reconocimiento y la certeza de que lo que te has encontrado no es tuyo y tienes que devolverlo a su legítimo dueño: a ese que tienes delante.

El padre no entró en la conversación, aunque el bebé estaba tranquilo y Carlos no paraba de repetir que seguramente lo habría olvidado en el coche y que en cualquier caso, lo de dejarlo en la funda del móvil, no era sitio para guardar dinero. Lo sé. No me toques más los argumentos, pensaba Amanda, su mirada con los ojos guiñados y la cara desfigurada lo decía todo.

Amanda creía que estaba desarrollando una rara enfermedad antisocial

La dependienta esperaba una respuesta. Sí, traiga el aspirador. Gracias. Dijo Carlos. ¡Joder!, caro me va a salir el capricho. Desplazamiento, atasco, gasolina, espera, pérdida del billete… y subida de precio, pensó Amanda.

La joven pareja con niño quedó a la espera de la reacción de Amanda y de su frustración. Carlos cogió el bulto que contenía el aspirador y se dirigieron a la caja, con un silencio incómodo, roto por las palabras de Amanda que persistía en la idea de que la joven pareja se había encontrado (y quedado) sus cincuenta euros. Olvídate, Amanda, ya tienes el aspirador que querías. No des más vueltas a algo que no tiene ninguna solución, quería Carlos desviar el tema.

En estas estaban cuando el joven padre, niño en brazos, blandía un billete de cincuenta euros entre sus dedos, buscándoles. Lo acabo de encontrar, les dijo. Amanda le miró con esos ojos inquisidores, de “ya, ¿qué te crees que soy tonta? Creo que te escocían en la mano y tras una embarazosa situación con la madre ausente de tu hijo, le convenciste para devolverlos”. En cualquier caso, gracias, le dijo Amanda.

El padre se introdujo en la tienda de nuevo. Carlos siguió la perorata con Amanda por ser tan mal pensada. ¿Ves?, lo han encontrado y te lo devuelven, son buena gente. ¡Ay, qué mujer!

No sigas por ahí. Mi teoría es que se han arrepentido, se lo querían quedar, Carlos. Sobre todo ella, esa arpía muda e indolente. Aún así, ya le di las gracias, aseveró Amanda. En cualquier caso, te lo han devuelto, ¿no?, inquirió el bien pensado marido.

La mirada de Amanda se tornó en llamas. Si le hubiera valido, hubiera fulminado las palabras de Carlos con el caliente vaho que desprendía su respiración. No quería montar un numerito de circo en la tienda. Aunque bien pensado, igual les echaban monedas, y hubiera valido la pena pelearse en la tienda de los horrores de los electrodomésticos. Espera y paga, le dijo por fin. Y no dejes que se escapen de la tienda esa pareja tan generosa, dijo esto último arrastrando ironía.

Buscó por el centro comercial una tienda de caramelos. Sabía que en cualquier rincón del mismo existiría algo parecido. No sabía bien el motivo de su decisión final, la de comprar algo a esa pareja de individuos con niño que, a su modo de ver, le habían hecho pasar tan mal rato. Según pensó Amanda, para generosa yo.

Lo encontró. Justo eso era lo que andaba buscando sin saberlo. Y lo compró. Entró en la tienda de electrodomésticos. Carlos estaba cargado con el bulto, esperándola. Cuando vio a Amanda con el globo en la mano, no pudo evitar una sonrisa y pensar que era una mujer única. No han salido, le dijo solo.

Amanda recorrió los pasillos de la tienda globo en mano. Sobresalía de su cabeza unos cincuenta centímetros. Suficiente para que fuera visible desde todos los puntos del establecimiento. Encontró a la familia por los alaridos del bebé (menos mal que sigue igual de animado, pensó). La madre cabeza baja, el padre ateclando al niño.

Gracias otra vez, dijo Amanda y tendió el globo a la cabeza de la madre, que la levantó y se vio sorprendida por un cerdo de grandes dimensiones suspendido en el aire. “Piensa lo que quieras, pero es lo que eres, ¡una cerda!”, rumiaba Amanda con una satisfacción mientras le entregaba el globo a la madre que se ruborizó hasta el punto de ser una fresa con patas. Parabienes y no hay de qué,  por parte de los padres. Y adioses acelerados.

De vuelta a la búsqueda de Carlos, miraba hacia el interior de la tienda y veía el globo-cerdo flotar. La sonrisa de triunfo se dibujaba en el rostro Amanda, esa sonrisa que se pone cuando crees que tienes razón. Carlos le cogió por los hombros y le apretó hacia su lado. Amanda se dejó achuchar, entre mimos y triunfos.

¡Si los cerdos flotaran!

Yolanda R. Herranz @MyolRh

 

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