«El abuelo»

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Pincelada Cyan conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente que se celebra este martes, con un relato donde la fantasía forma parte del origen de los bosques.

No dejaba de observar al abuelo que, sentado en el sillón, miraba insistentemente a un punto fijo en el horizonte que le tenía hipnotizado y por más que le reclamaba para que me prestase atención, no respondía a mis peticiones.

Mis padres me decían que le dejara tranquilo que había entrado en el proceso y que era cuestión de tiempo. Cuestión de tiempo, ¿para qué?

Echaba de menos los paseos por el campo, mientras me contaba la historia de nuestra familia. Mis tatarabuelos eran indios que vivían en las tierras americanas del norte: Kanda, hombre del poder mágico, era el chamán de la tribu y Meda, su mujer, mujer profeta.

Ambos predijeron que su pueblo sufriría el despojo de las tierras que fueron su hogar desde que Topanga, dios que habitaba un lugar elevado donde las montañas conocen el mar, había marcado ese terreno como el lugar donde viviría su estirpe.

Las invasiones europeas y las guerras indias, mermaron la población aborigen y peligró la continuidad de nuevas generaciones. Mis tatarabuelos nunca abandonaron las tierras de sus antepasados; quedaron prendados en un punto impreciso del horizonte y echaron raíces en el valle de Jolon.

Mi bisabuelo Yoki, pájaro azul, viendo la crueldad con que estaba siendo tratado su pueblo por los invasores, propuso a su tribu quedarse para siempre en las tierras a las que pertenecían y les condujo a Jolon, valle de los robles muertos, donde estaban Kanda y Meda, robustos y verdes. Muchos de los miembros del clan miraron ese punto indeterminado en la lejanía y se convirtieron en plantas y árboles a la sombra de sus maestros, donde arraigó de nuevo la estirpe de Topanga.

Yoki y Ogin, rosa salvaje, no se transformaron ni en plantas ni en árboles. Se entristecieron de no poder quedarse con los suyos y lloraron tanto que hicieron que las ramas de Kanda y Medan crecieran hasta tocar sus cuerpos. Ramas, chamanes, hombres y mujeres se abrazaron en un intento de salvar lo que quedaba de su pueblo. Las semillas de las plantas y árboles, de toda la vegetación de la tierra de los Sike, aquel que se siente en su casa, quedaron impregnadas en sus cuerpos.

Y mi abuelo vivirá siempre en mí

Yoki emprendió en vuelo de la mano de Ogin, llevaron y esparcieron la simiente de su tribu por toda la tierra, y es así como dice mi abuelo Aiyan, siempre floreciente¸ que nuestra familia se instaló en esta casa con invernadero.

Nunca me creí esta historia, aunque cada vez que la contaba mi abuelo, era capaz de ver la transformación de Kanda y Meda en dos hermosos robles y de disfrutar del vergel de tierras americanas.

Miré a mi abuelo, comprobé que sus pies se habían convertido en unas largas raíces que buscaban la humedad del suelo. Mi madre, Imala, mujer de la mente fuerte, y mi padre, Denahi, pequeño valle, cogieron a mi abuelo y le llevaron al jardín, donde sepultó lo que antes fueron sus pies; ya no miraba un punto indefinido en el horizonte, sino al cielo. Sus ramas se extendían a lo ancho de su cuerpo.

Verle así, me hizo pensar que debía ir al invernadero a honrar a mis antepasados. Sus semillas estaban en mí. Soy un miembro de la tribu Sike, soy la del poder interno y mágico de las plantas, soy Wakanda.

Y mi abuelo vivirá siempre en mí.

Yolanda Rodríguez Herranz @MyolRh

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