Dulce y amarga Navidad

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navidadOtro año más la tradición obliga a ser felices. O si no, todo lo contrario. La Navidad trae reuniones con la familia, con amigos y, lo que es más importante, con uno mismo.

María está en la cocina, dando los últimos retoques a la comida preparada para la cena de Nochebuena. Desde hace unos años en estas fechas, le acompaña una copa de vino mientras elabora los platos para la cena familiar. Este año está particularmente inquieta, no sabe exactamente por qué. No son nervios de emoción por el reencuentro o porque todo salga bien, sino unos injustos nervios de expectación y de nostalgia. La botella de vino va mediada y los recuerdos van creciendo, igual que su melancolía.

Con la copa entre las manos hace un brindis al aire, a las doradas partículas de vida que flotan en su cocina y con una sonrisa tristona toma un último sorbo.

Debe prepararse para la fiesta. La pitanza está a punto y sólo queda esperar a que estén todos para empezar con la celebración. Su familia y algunos invitados están en el salón tomando el aperitivo, esperando a los demás comensales. Los adornos navideños centellean en la estancia y las voces y risas de los presentes llegan amortiguadas a sus oídos por la dulzura que le proporciona la bebida recién tomada.

Es sólo un año más, no hay de qué preocuparse. Los ha habido buenos y malos y este es particularmente difícil. Piensa que la ducha le sentará bien y se despoja de las ropas que le han servido de abrigo mientras preparaba la comida.

Las lágrimas resbalan por su cara y se confunden con el agua que se precipita por su cuerpo. El agua limpia su piel y las lágrimas desahogan el espíritu. Está preparada para la noche que le espera rodeada de los suyos, vestida de fiesta y con aires de felicidad.

El timbre suena. Su hermana está detrás de aquella llamada, con su propia familia. Las dos se funden en un interminable abrazo lleno de silencio, intercambiando mudos recuerdos.

Ambas se disponen a distribuir los platos en la mesa. Ya están todos sentados. Comienza una celebración enredada en emociones. Entre las hermanas un plato vacío.; un lugar vacío que no se ocupará este año. Que no se ocupará ya nunca.

Sus miradas se cruzan y sus manos se unen dándose apoyo. Una sonrisa se dibuja en sus caras, aunque el corazón esté mermado. El hueco triste de una vida llena de amor.

Es el vacío de una madre que ha dejado en ellas la responsabilidad de la familia.

Para nuestra madre, en su segundo aniversario.

 

Yolanda R. Herranz @MyolRh

5 Comentarios

  1. Asi son ahora nuestras Navidades, las personas que se nos han ido hace poco dejan un hueco muy grande, tristeza porque no estan y alegria por los que quedan. Un beso al cielo para Luisa

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