Dolor, angustia y consternación: 24 de marzo

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Accidente aéreo de los AlpesEl martes 24 de marzo de 2015 ha quedado, como muchas otras fechas, marcado por la tragedia. En esta ocasión una catástrofe aérea siega la vida de 150 personas.

Dolor, angustia y consternación dan testimonio de lo imposible de soportar, la muerte.

La muerte, de una forma imprevista, sale al paso y corta el delicado hilo de la vida. Familiares y amigos lloran desesperados ante lo que nada se puede hacer.  Lo contingente, lo inesperado,  trunca la existencia con una rotundidad que estremece.

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Las páginas de los diarios informativos ponen de relieve la historia de los fallecidos, sus profesiones, sus ocupaciones, su juventud…

Los psicólogos se ven ante la tarea de acoger, acompañar y escuchar las palabras de aquellos que se encuentran con el sufrimiento y la pena que supone la pérdida, con mayúsculas,  que conlleva  la desaparición repentina de un hijo, de un hermano, una madre o un amigo.

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Como ocurre en toda situación traumática, ésta pérdida y sus consecuencias, será diferente según cada persona. Lo que a cada sujeto le remueva dependerá de las condiciones de cada uno, de su fortaleza, de lo que para cada uno se pierda junto con la pérdida de la persona querida. Cada caso será diferente.

Por ello, junto a los protocolos de emergencias, es conveniente que se ofrezca a todo afectado la posibilidad de un tratamiento en el que se pueda elaborar el duelo. Un tratamiento donde todo afectado pueda trabajar lo que esta pérdida afecta a su vida. Donde todo afectado pueda decidir y elegir si quiere ver y saber algo del impacto lógico tras un suceso tan desgarrador.

Es una realidad que ante la muerte aparece lo imposible. Nos quedamos sin palabras, sin respiración, nada se puede hacer para devolver la vida una vez perdida. Pero me parece importante decir que no todo está del lado de lo imposible. Hay formas de situar, de la mejor manera, lo que nos ha producido una herida.

Es recomendable contar con un espacio donde un profesional nos escuche y nos oriente para  poder poner palabras a un torrente de afectos. Un espacio que nos permita trabajar lo que la angustia pueda destapar. Un espacio que nos facilite no identificarnos ni confundirnos con el lugar de la víctima. Un espacio que nos facilite quedarnos del lado de la vida.

 

Ana Ramírez (Psicólogo clínico)

 

 

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