«De mujeres, el ecofeminismo»

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El pasado 8 de marzo, como todos los años desde 1975 por mandato de la ONU, hemos celebrado el Día Internacional de la Mujer (o de la “mujer trabajadora”). El origen de esta celebración que pretende luchar por la igualdad de derechos comenzó en 1908 en EEUU y fue extendiéndose por el mundo, especialmente de la mano de mujeres socialistas, teniendo como principal objetivo conseguir el derecho a voto femenino.

Este día, como todos los “días internacionales”, existe porque hay un problema sin resolver. La mujer sufre en todo el mundo discriminación y/o maltrato por el hecho de ser mujer. En los países no democráticos su situación es pésima pero en el mundo occidental tampoco podemos presumir de igualdad de oportunidades, a pesar de que las leyes democráticas así lo propugnen.

El patriarcado es universal, mal que nos pese, es decir, las sociedades se siguen organizando en torno al poder socio-político, económico y cultural masculino, y ello resta poder a la mujer en esos ámbitos. Resumiendo, salvo excepciones, el hombre tiene facilidades para desarrollar su poder e influencia en los ámbitos públicos y la mujer en los privados (especialmente en lo relacionado con el cuidado de hijos, pareja, enfermos y mayores).

Esto es así porque unos y otras se suelen regir en su vida cotidiana por la ideología machista, una ideología excluyente por la cual se suele valorar lo masculino por encima de lo femenino y donde, de una manera u otra, el varón se cree con derecho a tutelar a la mujer. Y en ello siguen educando muchos adultos, de palabra u obra, en nuestra sociedad, a veces, demasiadas, con los peores ejemplos, como los constantes maltratos y asesinatos de mujeres a manos de los varones que son o han sido sus parejas, y de las que se sienten propietarios (por ello disponen de su vida, o la de sus hijos).

En la frecuencia de estas muertes o palizas, además, se pone de manifiesto que nuestro estado no acierta a “cuidar” de verdad a las mujeres y sus hijos, y se hace patente que sigue vigente una forma de ver el mundo donde la vida de las mujeres, las cosas que les pasan, no es lo suficientemente importante (aunque ya sabemos que en otros lugares, como en Guanajuato,  México, lo es mucho menos)[1].

El patriarcado es universal

El feminismo desde que existe lucha contra la desigualdad que aflige a las mujeres para conseguir un mundo con igualdad de oportunidades, al margen del sexo u orientación sexual. Todos los demócratas tendríamos que considerarnos feministas, y es una lástima que hoy en día esa palabra siga tan denostada, porque popularmente se considera el antónimo del machismo. Es decir, se cree que las feministas denigran lo masculino y sobrevaloran lo femenino. Pero ello no es feminismo, es hembrismo, en el cual ni yo, ni ninguna de las feministas que conozco, nos reconocemos. Flaco favor nos hace quien nos confunde y las hembristas que se denominan como “feministas”.

El objetivo principal de esta columna no es tanto hablar de las iniquidades que sufre el género femenino como de las propuestas que tiene el feminismo ecológico para remontar esta época de crisis global. Como son propuestas alternativas, y provienen de mujeres, son doblemente desconocidas, aunque sean valiosas y dignas de tener en cuenta si queremos hallar alguna salida al laberinto.

Cómo decía en la columna anterior [2], nos hallamos en una época convulsa donde el neoliberalismo económico está ahondando las desigualdades económicas entre clases sociales (y países), y la clase política demuestra ser muy corruptible y poco sensible a la pérdida del estado del bienestar donde había o se estaba instaurando. A rebufo de ello, y utilizando la amenaza yihadista, la extrema derecha se fortalece en muchos países democráticos, catalizando el descontento y la desconfianza en los partidos políticos tradicionales de izquierda o derecha, con un discurso populista donde el “otro” es el chivo expiatorio de todo lo que va mal y el nacionalismo excluyente es vendido como la solución.

Pero vayamos a la raíz del problema, como nos invita el ecofeminismo[3]. Esta crisis demuestra el agotamiento del sistema capitalista, su insostenibilidad. Para salir de la crisis, que tiene millones de parados e infra asalariados en el mundo, se nos impele a consumir más; consumiendo más, se nos dice, las empresas generan más beneficios y  contratan a más trabajadores y/o suben el sueldo a los que tienen. Es un círculo vicioso que no se pone en cuestión. Los que abogan por este modelo olvidan aspectos fundamentales y perniciosos del sistema: 1) Que el planeta tiene recursos renovables que no se regeneran a la velocidad que necesita el sistema capitalista, y otros son recursos no renovables como el petróleo, carbón, gas natural, litio, platino, cobre, hierro, coltán… 2) Que la degradación de los residuos generados no es eficaz, se contamina en exceso y se superan los límites que salvaguardan la salud humana y la vida en muchos lugares. 3) Que las estructuras se ponen al servicio de la acumulación de capital de unos pocos y ello no suele revertir de igual manera en el bien común o en el empleo. 4) Que en muchas ocasiones lo que mueve la economía mundial está basado en la especulación, no en la producción, y eso es “humo”. 5) Que cuando la banca y afines especulan inmoralmente estallan burbujas financieras que pagamos todos porque nuestros estados terminan financiando a la banca para impedir que caiga y el sistema colapse, y de esta manera aumentan su déficit o deuda y disminuyen su función social (con recortes que afectan a nuestro estado del bienestar). 6) Que en este estado de cosas se socializan las pérdidas de los grandes capitalistas y se privatizan los riesgos vitales de los individuos (salud, vivienda, trabajo…). Y podríamos seguir con la ristra de agravios y complicaciones, pero a estas alturas lo que hay que decir es que el sistema neocapitalista olvida que somos parte de la naturaleza y dependemos de ella (ecodependientes) y que también somos interdependientes (en un mundo globalizado lo que hacen unos repercute en otros) [4].

Esta crisis demuestra el agotamiento del sistema capitalista, su insostenibilidad.

Sorprende ver que el mundo tecnológico necesita menos mano de obra y ello no lleva a repartir el horario de trabajo de forma racional para evitar millones de desempleados. También sorprende ver cuántos parados e infra asalariados no cuentan con el nivel adquisitivo suficiente para afrontar sus necesidades básicas, y al mismo tiempo estamos en una sociedad consumista que invita a consumir bienes superfluos o sobrevalorados. Vivimos en un mundo donde el tener está por encima del ser, y el no tener conlleva tantas frustraciones reales (las de las necesidades básicas) e impostadas (las de los artículos de moda y de lujo…) que si algo queda claro es que no estamos remando a favor del bienestar integral humano.

Las ecofeministas lo ven claro, hay una oposición entre capitalismo y vida digna de ser vivida. El mito del progreso, como crecimiento productivo sin límites, que no descuenta las consecuencias nefastas aparejadas, es un fiasco. Por otro lado, nos recuerdan que la teoría económica vigente se olvida de contabilizar y valorar el ingente trabajo no remunerado que suelen hacer las mujeres para mantener y cuidar a sus familias. En gran medida, el sistema capitalista y patriarcal se mantiene gracias a una mano de obra femenina gratis, silenciosa y oculta en los hogares. Los propulsores del sistema se han apropiado del concepto de economía, pareciera que no es economía llevar el presupuesto doméstico, alimentarse, tener un techo digno… Tampoco se habla lo suficiente de la brecha salarial que afecta a las mujeres, ni de su mayor nivel de desempleo, o su tendencia al trabajo a tiempo parcial por temas familiares, ni del techo de cristal que les dificulta o impide llegar a  puestos de poder en las empresas, la universidad, los partidos…

Las ecofeministas llaman la atención sobre la vulnerabilidad de las personas,  la infravaloración de los afectos, la ternura, el saberse querido…, en una palabra, los cuidados, sobre la absurda lógica de las guerras, alimentadas por intereses espurios, sobre la obscenidad que supone que unos pocos tengan tanto a costa de que muchos no tengan apenas, sobre la explotación de los trabajadores (incluyendo niños) en países sin derechos que hacen empresas de países demócratas (deslocalizaciones)… Nos recuerdan que el centro de todo debe ser la sostenibilidad de la vida. Que esa sostenibilidad se ha feminizado desde antiguo, y por ello se desvaloriza, se considera algo natural e inferior, al servicio de algo superior, cuando lo que toca para cambiar el mundo, es considerarla como máximo valor y repensar las estructuras que necesitamos para ello.

el feminismo reivindica el trabajo común por lo común

Las ecofeministas exigen una deconstrucción de los roles de género, que los hombres no solo construyan su identidad en torno al trabajo, sin valorar los cuidados que reciben, y que las mujeres no solo la construyan en torno al sacrificio por la familia…

Exigen una economía que no olvide la importancia del hogar, pero que además produzca una reciprocidad no asimétrica, que se pueda organizar de forma social y solidaria, donde haya cabida para la autogestión, la cooperación y el trabajo comunitario. Quieren democratizar la tarea de sostener la vida, hacerla más colectiva. Frente a la confrontación entre países, clases sociales y géneros abogan por construir lo común como punto de partida y lugar de llegada, donde los derechos sean universales y no concesiones segmentadas. Frente a la hipersegmentación social, que está atravesada por la desigualdad económica, de género u orientación sexual, las migraciones, los nacionalismos xenófobos y/o racistas, la intolerancia religiosa, cultural…, el feminismo reivindica el trabajo común por lo común, comenzando por cuestionar las identidades (de género, sexo, raza, religión, nacionalidad…)  en las que se teje la opresión, la injusticia y el egoísmo humano, y que interseccionan[5] en cada uno de nosotros de forma consciente e inconsciente para impedirnos tener un mirada más libre, creativa y humana.

 

Yolanda Guío @Guiocerezo 

(Educadora y antropóloga)

[1] Véase http://ctxt.es/es/20170315/Politica/11576/Feminismo-Violencia-de-g%C3%A9nero-Rita-Laura-Segato-La-guerra-contra-las-mujeres-Nuria-Alabao.htm

[2]https://villaviciosadigital.es/trump-y-el-auge-de-la-extrema-derecha-en-paises-de-tradicion-democratica

[3] Para más información ver: Cristina Carrasco https://www.youtube.com/watch?v=Cf1YZnMv4i8 Amaia Pérez Orozco https://www.youtube.com/watch?v=Cf1YZnMv4i8 Yayo Herrero https://www.youtube.com/watch?v=Cf1YZnMv4i8

[4] En 2016 la ONU llamó la atención sobre ello cuando celebró el Día internacional de la Paz con «Los Objetivos de Desarrollo Sostenible” como elementos constitutivos de la paz.

[5] La interseccionalidad es un concepto sociológico básico para analizar lo que decimos, y fue acuñado por la académica Kimberlé Williams Crenshaw.

 

 

 

 

2 Comentarios

  1. Enorme y clarificador documento donde, desde la humildad, pones el dedo en la yaga de una sociedad agotada, acabada y necesitada de nuevos y mejorados conceptos para la continuación de la vida de todos, mujeres y hombres, en común sin diferencias e igualitarios, donde, la única diferencia, bienvenida, sea la física, propia de cada ser humano para que sirva de gozo y placer íntimo común.

  2. Estoy de acuerdo con buena parte de las reflexiones de la articulista, pero no al 100%.
    No creo que una pesrona consciente de las injusticias y discriminaciones que históricamnte han sufrido las mujeres tenga que ser feminista. Se puede y se debe estar por la igualdad entre hombres y mujeres y no por ello ser feminista.
    Especialmente rechazo la moda de los hombres que se proclaman «feministas», algo que me parece un cotrasentido.
    Yo creo que la humanidad en su cnjunto, y los varones en particlar, lo que tenemos que ser es mucho más «femeninos», que es cuestión distinta.
    Me refiero a que tendríamos que hacer nuestros e incorporar a nuestra vida los valores qe tradicionalmente se han considerado «femeninos», como la ternura, la compasión, la capacidad de entrega, el rechazo de la violencia…
    A todos nos vendría bien que el mundo fuese más femenino, incluso ago «afeminado» (conecpto que nunca ha tenido buena prensa y que, sin embargo, yo reivndico)
    Pero ser más femeninos no significa compartir el ideario feminista.
    Yo estoy de acuerdo con muchos de los postulados del movimiento femnista porque los considero justos, razonables y beneficiosos para todos, hombres y mujeres. Pero hay otros que no comparto, e incluso los hay que me resultan muy negativos.
    Y es que, quizá, la línea entre el «feminismo» y el «hembrismo» sea más fina de lo que parece.

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