Consumidores consumidos

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En la actualidad, podemos afirmar que vivimos un periodo en el  que el cruce ciencia-tecnología y su alianza con las políticas neoliberales produce un efecto de consumo generalizado y voraz, de importantes consecuencias para los sujetos.

Si consultamos en la RAE “voraz”, encontramos en su segunda acepción el paradigma que define la contemporaneidad: “que destruye o consume rápidamente”.

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Consumimos y nos sentimos mal si no podemos seguir enganchados a esta cadena del tener y de la satisfacción rápida y engañosa. Conviene saber que la lógica del tener conlleva una carrera implacable donde el ser, y su falta en ser, quedan cada vez más desorientados.

No solo consumimos cantidades ingentes de comida y bebida si no también objetos técnicos y pantallas que absorben nuestro tiempo: videojuegos, móviles, tablets, ebooks, la nueva generación de gadgets con los que es posible tener sexo virtual, vibradores controlados por móvil, aplicaciones que producen que el cerebro segregue un cóctel  neuroquímico que por estimular la endorfina, la serotonina o la dopamina va a producir efectos como la cocaína u otras drogas de diseño.

¿De quién dependemos?, ¿con quién nos satisfacemos?

Las drogas son noticia estos días tras la muerte del  excelente actor Philip Seymour Hoffman, ganador del Oscar por Truman Capote. Hemos disfrutado de su interpretación en La duda, The Master, Los Idus de Marzo, El último concierto y, curiosamente, en Antes que el diablo sepa que has muerto, acudía a casa de un camello para que le inyectara evasión y tranquilidad en su degradada vida como una anticipación a lo que más tarde ha sido su propia historia.

Igualmente, Ian Thorpe, de 32 años, campeón olímpico de natación, modelo de perfección para millones de australianos, cinco medallas de oro en Atenas, hace unos días fue encontrado desorientado en Sidney e ingresado por una gran crisis depresiva por problemas de adicción. En sus memorias cuenta que estuvo al borde del suicidio y que la depresión le ha acompañado gran parte de su vida.

Podemos alargar la lista con muchos que, famosos o no, han ahogado definitivamente sus penas con sustancias, en un intento de acallar el malestar que conlleva el hecho de vivir.

Por lo que venimos viendo, el otro como semejante, como compañero de juegos y de vida parece estar siendo desplazado por el objeto técnico y las adicciones. La satisfacción cada vez más autoerótica no viene precisamente a facilitar las relaciones humanas. Más bien al contrario, los lazos entre semejantes se están volviendo muy frágiles. Y esto sí tiene consecuencias predecibles en los sujetos.

Ni alcohol, ni drogas, ni todo el goce del objeto técnico, ni la fama, ni el dinero, parecen constituir una salida posible para situar lo que de verdad son las grandes preocupaciones del desnaturalizado humano.

 

Ana Ramírez. Psicóloga especialista en clínica.

Imagen: Joy Scheller/LFI

4 Comentarios

  1. Seguramente si consumiesemos más familia, amigos y en definitiva cuidaramos un poco más las relaciones personales, necesiraríamos menos cosas

    • Exacto. Vínculos más fuertes hacen posible proyectos comunes que nos pueden unir en la vía del deseo y no de la satisfacción con pendiente dudosa, por decirlo suavemente.

  2. Buen y acertado artículo. Muchas personas buscan, buscan y buscan felicidad pero no la encuentran; sólo son momentos pasajeros, gimnasio, tecnología, alcohol, deportes, etc. Y nada, no son felices.
    Además, las redes sociales tampoco contribuyen a esta absorbente espiral; al revés, la alimentan.
    Cada vez un mundo más deshumanizado! Qué pena!

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