«Ciclos vitales»

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M. Yolanda R. Herranz.

No fuimos conscientes de lo que se nos avecinaba y vivíamos en el seno de la Tierra sin importarnos su futuro. Superpoblando cada uno de sus rincones y abusando de cada uno de sus recursos, hasta casi agotarlos.

Una parte de la humanidad quiso ayudar a la Tierra a sobrevivir, a levantarse y a continuar; de su recuperación dependía la existencia de las personas. Así es como lo veían. En cambio, otro sector no encontraba motivos suficientes para no seguir con esa vida destructiva que iba mermando a la naturaleza. “La Madre Tierra es sabia, ya se recompondrá sola”, pensaban y decían.

Lo cierto es que, como sabemos, también hay que cuidar al cuidador; las personas que decidieron cuidar la Tierra veían cómo la luz se iba convirtiendo en una calima imperceptible y peligrosa, pero no tenían suficientes medios, ni suficientes ayudas de los países para equilibrar el sufrimiento de la Tierra y aliviarla.

Los mares se llenaron de plásticos, los cielos de contaminación, el calor sucedía al frío en cuestión de días, de horas. La Tierra se removía, daba sacudidas en forma de terremotos y maremotos que se llevaban por delante las poblaciones que habían invadido los cauces naturales de los ríos, de los lagos. Y las personas perecían en sus propias casas, con sus propios hijos. Los que quedaban apelaban a la locura de la Tierra por actuar así con los humanos.

En realidad, no era locura, era enfermedad.

No fuimos conscientes de lo que se nos avecinaba y vivíamos en el seno de la Tierra sin importarnos su futuro

Ni todos los sabios geólogos ni todos los expertos en ciencia y naturaleza sabían qué hacer por ella. Empeoraba su salud y luchaba por estabilizarse, pero sola no podía.

Augur vio la oportunidad de reparar su pasada ofensa con la Tierra; clavó la rodilla en el suelo, susurró entre las piedras y se ofreció para favorecer su recuperación.

  • No eres bienvenido, Augur –contestó la Tierra
  • Sabes que sólo yo puedo ayudarte a sanar. La humanidad es codiciosa y aunque supieran cómo hacerlo, no te curarían -insistía Augur.
  • Lo harían, lo sabes bien, Augur. Y no eres, bienviviendo. ¡Vete… -la Tierra se quedó sin aliento para terminar la frase

El escalofrío de la Tierra agitó los mares. Las olas alcanzaron las edificaciones de los humanos. Los volcanes vomitaban sus lenguas rojas y ardientes que iban devastando todo cuanto encontraban a su paso.

El cielo se volvió mate. La luz del sol era opaca; las nubes temblaron y chocaron entre sí y, mientras el trueno aterraba y el rayo destruía, la Tierra no parecía que fuese a mejorar.

Augur no se levantaba del suelo susurrando letanías al viento. “Ayúdame, entonces, Augur”, quiso escuchar que le decía la Tierra.

Este puso en marcha su alquimia. Acariciaba piedras, las alzaba y después las arrojaba alrededor. Soplaba al viento de la tormenta e invocaba a las semillas que alimentaban a los pájaros, para que fueran transportadas de un lugar a otro, de un país a otro.

Era casi invierno y los humanos empezaron a sentirse mal. Creían que la gripe de ese año era mucho más agresiva. Lo que no sabían todavía es que no era gripe: era una enfermedad nueva y peligrosa para la que no estaban preparados.

El contagio fue rápido y los hospitales no podía atender la demanda de tantos enfermos. El personal sanitario enfermaba también, pero la dignidad y la profesionalidad les mantenía en las trincheras, en primera línea, cuidando a los pacientes, que, algunos, empeoraban y morían. Y los que quedaban no se podían despedir de sus seres queridos.

Los científicos investigaban la manera de paliar la pandemia a la que estaba sometido el mundo y los estados de todos los países decretaron el aislamiento social como medida preventiva. Y las familias enteras se quedaron en sus casas; unas reunidas y otras separadas por las distancias y la enfermedad.

En todo este caos se empezaron a escuchar el canto de los pájaros y cómo crecía la hierba. Se escuchaba el silencio, incluso. Los cielos volvieron a ser claros y las aguas de los ríos, los canales, los lagos, del mar, volvieron a ser transparentes. Brillaba la luz y reaparecían nuevas especies. La Tierra se recuperaba.

Cuando pudo moverse y continuar con sus ciclos, no tenía muy claro si era época de lluvias o de calor y mandó un poco de todo con la intención de no abandonar sus propósitos de mejorar la vida de los humanos.

  • Pero ¿dónde están los humanos?, -le preguntó a Augur, preocupada
  • Están en sus casas, encerrados para que te recuperes. Debes ser más dura con ellos; viven de prestado en tu seno. -contestó Augur con autoridad.
  • Yo les necesito. Necesito el rumor de sus pasos cuando caminan, los susurros de sus voces cuando se aman. Sus caricias cuando se sientan en mí. Necesito la risa de los niños y sus voces cantando. Soy su seno, sí, pero sin ellos no estoy viva del todo. -contestó
  • Acuérdate, Madre Tierra, cuando tanto de devastaron sus antecesores que te quedaste inerte, casi sin vida. Y volviste a querer su compañía y ellos volvieron a traicionarte. Tienen que aprender -la voz de Augur era rotunda.
  • Tu tuviste mucho que ver en eso, Augur. No quería volver a saber nada de ti ni de tus hechizos. Hazles volver, no quiero estar sola.
  • Volverás a enfermar.

Brillaba la luz y reaparecían nuevas especies. La Tierra se recuperaba

De mala gana, Augur, clavó el cayado en la superficie terrestre y una especie de sacudida en ella, produjo una nueva energía. Y Augur desapareció.

Muy despacio los humanos se fueron incorporando a la vida, a una nueva normalidad que, de primeras no se parecía mucho a la que habían dejado atrás hacía varios meses.

Las familias comenzaron a reunirse con cuidado; algunas con muchos miembros desaparecidos, con tristeza. Se celebraba la amistad en grupos reducidos.

Todos con mascarillas que les protegían a los unos de los otros. No existían los besos ni los abrazos. Sólo las miradas que se tenían que interpretar. Se veían mascarillas en caras asustadas y afligidas. En caras alegres por reconocerse, de nuevo, con otras personas.

Los humanos volvieron a sus trabajos y a una vida lleva de nuevas costumbres que les costaba un poco tener que realizar.

Pronto sintieron que nada había cambiado. Y se apoderaron de la faz de la tierra.

  • Augur, ¿han aprendido algo? -preguntó la Tierra al infinito, mientras sentía que, de nuevo, estaba enfermando.

Yolanda R. Herranz @MyolRh

2 Comentarios

  1. Yolanda me ha gustado mucho, es la realidad de la vida lo que ha pasado y lo que continua pasando por desgracia, ahora hasta las mascarillas te las encuentras tiradas en la calle. Un beso muy fuerte

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