‘Blanca y Martina Navidad’

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Pincelada Cyan hace un guiño a las personas que pasan solas las Navidades o simplemente se sienten solas. Porque ellas también existen.

¡Hola, tía! –dijo una vocecilla al otro lado de la puerta, a la altura del ombligo de Martina, al tiempo que tiraba de la mano para que se agachara y poder besarla en la cara- pasa, la abuelita te está esperando.

Entró y saludó a su amiga Blanca. Se sentaron ambas en el sillón de piel negra que estaba frente a la chimenea, mientras esperaban a los demás invitados. La niña se sentó entre ellas apoyada en su abuela. Las tres se quedaron hipnotizadas mirando las lenguas de fuego que se reflejaba en los adornos del árbol de que estaba junto a ellas.

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Como cada año, su amiga le había invitado a pasar la Navidad con ella y su familia, era con la única persona con quien quería pasar esta fiesta. También es verdad que no tenía demasiadas ofertas y, aunque las tuviera y dado que no había más remedio que reunirse, invariablemente elegiría a Blanca. Ella fue amiga y compañera de facultad y siempre su mejor aliada y consejera. Como si Blanca hubiera adivinado los pensamientos de Martina, acarició su hombro por detrás de su nieta, se cruzaron sus miraras y sonrieron.

Martina tenía un objetivo claro: ser la mejor abogada laboralista y estaba dispuesta a conseguirlo por todos los medios, a pesar de la extrañeza de los chicos de su promoción. Eran otros tiempos. No tuvo adolescencia, ni juventud y siempre fue una luchadora incansable, lo que obtuvo éxitos constantes que cubrieron su vacía existencia de afecto, de amigos y de familia y siempre acompañada de la inseparable Blanca.

Al terminar la carrera, ambas ejercieron juntas. Fueron excelentes abogadas e impulsaron un bufete algo decrépito, heredado por Blanca de su difunto padre, al que dieron un nuevo aire de juventud y entusiasmo, mezclado con el buen quehacer de ambas.

Lucharon y llegaron a la cumbre. Solas, maduras y envueltas en triunfo y victoria. Rodeadas de aduladores colgados de sus estelas de éxito, que las alentaban para obtener sus propios beneficios, y de serviles empleados, temerosos de la mano que les daba de comer, que no objetaban ni proponían, sólo se quejaban. No había amistad en torno a de ellas, sólo trabajo y adulación.

Quizás no fuera así al principio, quizás no se dieron cuenta de que las personas que se congregaban a su alrededor no lo hacía sólo por el prestigioso despacho que dirigían, sino por sentimientos más profundos que trabajar y medrar. Quizás. Pero el tiempo había borrado toda huella de sentimentalismo, había distorsionado la realidad. Y Blanca no pudo seguir.

– ¡Se acabó! ¡Lo dejo!- dijo Blanca entrando en el despacho de Martina-. No quiero más dinero, no quiero más trabajo, no quiero más laureles. ¡Quiero una vida!

– ¿De qué estás hablando, Blanca? –dijo Martina sorprendida.

– Estoy hablando de vivir. ¿Tú vives?

– Claro. Ambas vivimos.

– No sé tú, pero yo, desde luego, ¡no vivo! Lo he meditado mucho. Dejo la empresa. Llévala tú sola si quieres. Arreglamos los documentos y desaparezco. No aguanto más.

Martina se quedó en un mundo que había sido de las dos. Y Blanca vivió y sigue viviendo lo que ella quería: una vida, con una familia, con amor y en compañía. Martina la admiraba por lo conseguido y por su categórica decisión de dejar su carrera y recuperar la vida. Ella también vivió de otra manera y vive en el camino del poder y en el de la soledad. Sabiendo que su poder consiste en que su teléfono será siempre el último que suene.

Sentadas alrededor de la mesa navideña Martina, Blanca y la familia de esta, cenaban en armonía envueltas en felicidad. Una familia: lo último en lo que hubiera pensado Martina y de no ser por Blanca, por sus hijos y por nietos, no echaría de menos estas reuniones.

Observó con calidez a todos, miró la chimenea y al árbol y vio los adornos que colgaban coloristas reflejando la desfigurada realidad de la nostalgia.

Yolanda Rodríguez Herranz @MyolRh

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