“Acerca del colecho”

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Para los que no conocen el término, colecho significa dormir junto a los dos progenitores o con alguno de ellos. Está asociado a la lactancia prolongada y al parto natural, aunque pueda producirse sin necesariamente estar ligada a esos dos hechos.

Ahora bien, es sumamente ideal pensar que la lactancia natural es la más conveniente, la Organización Mundial de la Salud la recomienda de forma exclusiva hasta los seis meses de vida del lactante. Pero lo que también es cierto e imprescindible es que la madre se sienta bien practicándola.

Muchas veces un biberón dado con amor es mucho más eficaz que una lactancia practicada con angustia. Desde luego lo primero, es más beneficioso para el bebé.

Además como somos seres hablantes y estamos atravesados por la cultura, nada es del orden natural. Es precisamente la palabra la que nos diferencia del mundo animal.

El caso por caso es lo que tendríamos que tener en cuenta y, todo aquello que lleve a la generalización y modelos, lo único que promueve es generar culpa en aquellas personas que no puedan cumplir con lo que supuestamente es lo “correcto”.

Retornando al colecho, tema que me interesa investigar, existen defensores y detractores tanto a nivel de los padres como de los profesionales.

Cuando llega el primer bebé, los padres primerizos tendrán que integrar a este nuevo ser a la vida en pareja. Ya no son dos, sino que serán tres. Se sabe que los primeros meses no son fáciles, más bien hay que adaptarse a la llegada del nuevo habitante.

Ahora bien, la pareja no deja ser pareja por la llegada del bebé. La pareja necesita espacio, intimidad y privacidad. Y a su vez el niño también necesita su espacio, su lugar, su intimidad.

Es muy distinto acoger al niño o niña una noche en concreto en la cama matrimonial porque siente miedo, o ha tenido una pesadilla, a hacerlo cotidianamente porque se resisten a dormir solos, no es lo más conveniente. Es importante acompañarles, contarles un cuento, ayudarles a crecer, fortaleciendo su autonomía e independencia.

La práctica del colecho no los prepara para afrontar la frustración. Esta crianza entre algodones no los ayudará a enfrentar los diferentes sinsabores que la vida nos brinda. Estamos hablando de casos, donde los niños duermen con sus padres hasta edades avanzadas.

“Con este tipo de prácticas estamos convirtiendo a los niños/as en pequeños tiranos”

Esto puede perturbar los ritmos de alimentación, el sueño, puede también expresarse en un aumento de irritabilidad y de hecho en aceptación de los límites. Si no se delimitan los espacios concretos, los comunes, los propios de la pareja y los propios del niño, lo único que se consigue es una sólida desorientación.Hace ya más de un siglo que se ha demostrado que los niños tienen sexualidad. La investigación psicoanalítica ha demostrado que la sexualidad humana existe desde el nacimiento. El hecho de dormir con los padres, erotiza a los niños, provoca un exceso de excitación que puede dificultar la tramitación de los impulsos.

Y qué decir del papel de la mujer. Sabemos que ser madre no es lo mismo que ser mujer. ¿Acaso la mujer debe renunciar a serlo, por ser madre?

Conozco casos por la experiencia clínica, donde el progenitor duerme en el salón porque la madre lo hace con el pequeño o pequeña. ¿Qué lugar entonces le otorgamos al hombre que acaba de ser padre?

También he visto casos en la clínica, donde niños que padecían enuresis (hacerse pis en la cama durante la noche) y que dormían con sus padres, (niños de cinco años) dejaron de hacerlo al poco tiempo de tener un lugar propio.

Dormir con los padres puede limitar la intimidad, perturbar el crecimiento, la ganancia de autonomía y la salud psíquica. Más tarde o más temprano podrían surgir problemas con estos niños innecesariamente erotizados.

“Es preciso que el niño halle la autoridad, autoridad que será ejercida por sus progenitores”

¿Cómo conseguir que nuestros hijos sean sujetos responsables de sus actos? Si de hecho no han contado en su infancia con padres autorizados como tales, es difícil lograr que el sujeto se convierta en un ser responsable de sus actos.

Es preciso que el niño halle la autoridad, autoridad que será ejercida por sus progenitores. Éstos serán los que le guiarán, le servirán de modelos y les transmitirán la ley; esto sí se puede, esto no es lo más conveniente, etc, etc. A través de la vía del amor, es como un niño/a puede y está abierto a aprender.

Con las nuevas tecnologías, hoy en día la noción de familia tradicional es caduca, hay un surgimiento de nuevas familias, precisamente surgidas al amparo de los avances tecnológicos. Ahora bien, no hay que confundir y pensar que en aquellos casos donde no hay un padre encarnado como tal, el niño/a ocupe ese lugar en la familia monoparental, convirtiéndose en la “pareja” de su madre. El niño/a se transforma en un objeto, en lugar de ser un sujeto de derecho.

También agregar que la industria es una de las beneficiadas con la práctica del colecho. Se venden cunas y camas que se adaptan a la cama matrimonial, así como prolifera toda una literatura referida al tema del apego y del colecho.

Cuando existan suficientes estudios para ver los efectos que esta práctica supondrá, seguramente tendremos especialistas que estarán dispuestos a recibir a estos niños/as y laboratorios que venderán medicinas destinadas a paliar los efectos negativos de esta práctica.

Vivimos en una sociedad donde impera una infancia generalizada, en el sentido de que los adultos no se asumen como tales, donde adquiere un valor vital el hecho de mantenernos siempre jóvenes, donde no hay lugar para admitir la vejez.

Con este tipo de prácticas estamos convirtiendo a los niños/as en pequeños tiranos, donde la desorientación y la falta de límites los vuelve irascibles, caprichosos y son ellos los que marcan el devenir cotidiano.

Mirta García Iglesias

(Psicóloga clínica, psicoanalista)

 

 

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